La Voz de Almeria

Almería

Cuando los carteros formaban parte del barrio

Los conocíamos por su nombre y ellos nos conocían como si fuéramos de la familia

Grupo de carteros de finales de los años sesenta.

Grupo de carteros de finales de los años sesenta.

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A comienzos de los años setenta el cartero formaba parte del barrio como un vecino más al que se esperaba con paciencia cada mañana, a la misma hora. ¿”Ha pasado ya el cartero”?, era una pregunta que se repetía a diario en las calles cuando alguien estaba esperando noticias de un familiar que vivía fuera. El cartero era el vínculo que nos comunicaba con el exterior, él nos traía las cartas llenas de besos y promesas de los novios que se amaban en la distancia; el sobre con las noticias del hermano que estaba cumpliendo el servicio militar y que las madres leían en voz alta mientras lloraban su ausencia; aquel telegrama a deshoras que casi siempre presagiaba una mala noticia.


El cartero formaba parte de nuestras vidas, lo conocíamos por su nombre y él nos conocía a nosotros y cuando pasaba por nuestra casa en un día de lluvia, medio cubierto por aquellos rudimentarios impermeables oscuros, empapados hasta el alma, nuestras madres lo invitaban a sentarse bajo techo a ver si cesaba el chaparrón. En verano, cuando iban dejando un rastro de sudor en su larga travesía del desierto, siempre había una vecina que le sacaba un vaso de agua fresca mientras le daba conversación. Porque los carteros de antes vivían a la intemperie, siempre andando cargados con aquella enorme cartera de cuero que les dejaba maltrecha la columna. La llegada del cartero era siempre una esperanza para todo el que esperaba recibir noticias de fuera y cuando pasaba sin dejarnos nada se nos quedaba un poso de tristeza descorazonador. En mi barrio, en aquellos primeros años setenta, los carteros traían todavía muchas cartas de los emigrantes que estaban en Cataluña y en el extranjero. Nos gustaban, sobre todo, los sobres que venían de Francia y de Alemania, adornados con  aquellos sellos desconocidos que eran tan sugerentes para los niños.


Aunque se decía que entrar en Correos era una buena colocación, repartir era un trabajo muy duro. Todavía no existían los códigos postales y tenían que saberse de memoria las calles por las que trabajaban para hacer la clasificación diaria de la correspondencia, tarea que en el argot del gremio se conocía como “tirar las cartas”. Los carteros de aquel tiempo todavía ganaban sueldos muy estrechos, por lo que eran muchos los que tenían que pluriemplearse buscándose una ocupación para las tardes. También tenían sus ratos de ocio, sus momentos de compartir las  anécdotas y los disgustos del día con sus compañeros: era habitual que algunos días, al terminar la jornada, los funcionarios se juntaran en alguna de las bodegas de referencia de la época como la Reguladora, Casa Tebas o la Oficina, para tomarse unos chatos de vino. Capulino, Paco Almansa, Andrés Cervantes, los hermanos de la Rosa, Juan Membrives, Antonio Amat, Ruescas, Illescas, Joaquín el músico, Pedro Llorente, Paco López, Aurelio Espin, Juan Abad, Antonio Mañas, fueron algunos de aquellos repartidores que formaron parte del paisaje de una época.

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