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Adiós al horno con más historia de Dalías: cierra la panadería que alimentó al pueblo durante más de un siglo

El 15 de junio baja la persiana por jubilación tras más de cien años de masa madre, sacrificio y solidaridad con sus vecinos en el Poniente almeriense

Familia Callejón y Lirola.

Familia Callejón y Lirola.La Voz

Francisco Luque Ramírez
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El alma de un pueblo no se custodia en las carpetas de un archivo, sino en los rituales cotidianos que impregnan el aire. En Dalías, esa esencia ha llevado durante más de diez décadas el aroma inequívoco de la leña y la harina. La trayectoria de la familia Callejón es el fiel reflejo de un esfuerzo que comenzó a fraguarse en 1922, cuando el patriarca, Diego Callejón, prendió por primera vez las brasas de un obrador destinado a convertirse en el corazón latente de la comarca. Hoy, al volver la vista atrás, el municipio contempla el final de una era que marcó el ritmo de sus calles durante generaciones. 

Los duros años de la posguerra y la figura de Cándida

A lo largo de su centenaria existencia, este rincón no solo despachó alimento, sino que actuó como un auténtico termómetro social de los tiempos más convulsos. Durante los severos años de la posguerra, cuando las cartillas de racionamiento imponían la escasez y el hambre hacía mella en los hogares, la compasión se convirtió en la principal materia prima de la casa. Lejos de cerrar sus puertas o mirar hacia otro lado, la familia Callejón tendió la mano de manera incondicional, distribuyendo pan entre los vecinos más vulnerables y sembrando un vínculo de afecto y gratitud colectiva que ha perdurado intacto hasta nuestros días. 

El pan de Panificadora Callejón y Lirola.

El pan de Panificadora Callejón y Lirola.La Voz

La supervivencia de este legado, sin embargo, exigió grandes sacrificios frente a los golpes del destino. El prematuro fallecimiento de Antonio Callejón dejó desamparado el negocio y a su descendencia, provocando una honda brecha en el seno familiar. Fue entonces cuando la figura de Cándida Lirola Lirola cobró una dimensión heroica. En un contexto histórico que relegaba a las mujeres a un segundo plano, asumió las riendas de una empresa que ya coordinaba varios turnos de trabajo y superaba los quince empleados. Con una determinación admirable, sacó adelante tanto el obrador como el futuro de sus tres hijos. 

El soporte de las nuevas generaciones

El devenir de la panadería volvió a cambiar de rumbo de forma imprevista en el año 1975. Con apenas catorce años, Antonio Callejón hijo compaginaba sus estudios en Almería cuando el fallecimiento de Franco interrumpió las clases. Lo que inicialmente se planteó como un breve descanso escolar terminó transformándose en el compromiso de toda una vida, ya que el joven decidió quedarse en el municipio para convertirse en el soporte que su madre requería. La estampa de Antonio abasteciendo a los vecinos maduró a la par que los tiempos: los más veteranos aún evocan sus inicios con un carro de caballos, su posterior pericia a lomos de una motocicleta para salvar las empinadas cuestas locales, y su consolidación definitiva al volante del vehículo de reparto. Tiempo después, su hermano Diego se incorporaría a las tareas diarias, sellando la alianza fraterna que ha custodiado el fuego del negocio hasta la actualidad. 

Despacho de productos de la Panificadora Callejón y Lirola.

Despacho de productos de la Panificadora Callejón y Lirola.La Voz

Aunque la modernización tecnológica llamó a sus puertas y la producción se adaptó a las demandas contemporáneas, los hermanos Callejón vigilaron estrechamente que la automatización jamás corrompiera la esencia artesanal de sus productos. Gracias a ese respeto por el origen, su sello de identidad rebasó las fronteras de Dalías para consolidarse en los hogares, despensas y restaurantes de todo el Poniente almeriense, extendiendo su arraigo comercial incluso a tierras granadinas a través de localidades como Albuñol y La Rábita

Pan de aceite, roscos y bizcochos del Cristo de la Luz

El definitivo adiós se consumará el próximo 15 de junio de 2026. Esa jornada, el municipio no solo verá cerrar su último obrador tradicional, sino que asistirá a la extinción de una masa madre que se mantuvo viva y alimentada ininterrumpidamente durante más de cien años. Con el cese de actividad de la Panificadora Callejón y Lirola, se desvanecen elaboraciones imposibles de replicar en la memoria del paladar común. Se echará de menos el emblemático pan de aceite, enriquecido con el oro líquido procedente de los olivares de la propia familia, así como sus afamados palotes de aceite de oliva, auténtico estandarte de la casa. La nostalgia alcanzará también a las esponjosas magdalenas caseras y a toda la repostería ritual que pautaba el calendario devocional del pueblo, desde los roscos de Semana Santa, las torrijas y la leche frita, hasta los laureados bizcochos del Santo Cristo de la Luz y aquellos merengues clásicos que endulzaron la infancia de múltiples generaciones. 

Los ricos merengues.

Los ricos merengues.La Voz

Con el cierre de esta persiana no expira un simple comercio, sino una filosofía de vida fundamentada en la cercanía y el arraigo vecinal. La estirpe Callejón y Lirola se retira con la tranquilidad que otorga el trabajo bien hecho y el orgullo inmenso de haber formado parte de la intimidad de tantos hogares cada mañana. Al despedirse, reiteran su sincero agradecimiento por la confianza depositada en ellos durante más de un siglo, convencidos de que el pan siempre congrega a la familia y de que, allí donde se compartió este alimento, el recuerdo de lo que fueron permanecerá imborrable en el tiempo.

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