La Voz de Almeria

Almería

Agosto de 1976 y sus revoluciones

Fue el agosto del nuevo campo de fútbol y del asesinato del joven Javier Verdejo

A comienzos del verano de 1976, el nuevo campo de fútbol estaba en obras pero ya presentaba un césped impecable que no volvimos a ver nunca más.

A comienzos del verano de 1976, el nuevo campo de fútbol estaba en obras pero ya presentaba un césped impecable que no volvimos a ver nunca más.LA VOZ

Eduardo de Vicente
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Fue el primer agosto que vivimos sin Franco, la primera Feria caminando por los nuevos senderos que iba abriendo a machetazos la libertad. De aquello han pasado ya cincuenta años, pero los que éramos niños entonces lo recordamos como si hubiera ocurrido antes de ayer porque estábamos descubriendo un tiempo nuevo donde todos los días ocurría algo distinto sin ser conscientes que estábamos metidos en una auténtica revolución.

Revolucionaria fue la construcción de un gran campo de fútbol por iniciativa de un empresario atrevido que se embarcó en un proyecto que terminaría devorándolo. Los almerienses aficionados al fútbol vivimos aquel cambio como si estuviéramos asistiendo a un auténtico milagro, y no era una exageración. Pasar del estadio de la Falange, viejo, destartalado y sucio, con un terreno de juego de tierra que parecía el preludio del infierno, a un campo recogido, con gradas por los cuatro puntos cardinales y un piso de hierba, fue un acontecimiento que nos marcó de por vida y nos trajo los años más gloriosos del fútbol almeriense. La épica no consistió solo en pasar de Tercera División a Primera en tres temporadas, sino en la forma en la que se hizo, convirtiendo el ‘Franco Navarro’ en una fiesta permanente y en una tortura para los equipos visitantes.

Agosto del 76 fue el mes de nuevo campo de fútbol y también el de los cortes de agua diarios que nos obligaban a echar mano del depósito de uralita que casi todos teníamos instalados en los terraos. Cada vez que se escuchaba el rumor de que iban a cortar el agua, los niños nos dedicábamos a llenar cubos y a almacenarlos en el patio para que no faltara en las tareas más indispensables, que entonces eran las de la cocina y las del váter. Sin ducharnos podíamos pasar varios días, que estábamos acostumbrados, pero el agua para el váter no podía faltar.

Las revoluciones nos iban cayendo a diario en aquel verano de intensas emociones. El jueves 5 de agosto, nos despertamos con un espectacular mural que el cine Reyes Católicos habían instalado en su fachada, donde se veía la espalda desnuda de Catherine Deneuve anunciando la película ‘Belle de jour’, de Luis Buñel, que había estado prohibida en España. Para poder echar este tipo de películas, el dueño del Reyes Católicos tuvo que solicitar la recalificación del cine como sala especial, lo que le permitía poder ofrecer al público obras subidas de tono. Al lado del mural, en la misma pared, el cine anunciaba el inminente estreno en Almería de otra película vetada, ‘La naranja mecánica’.

Los primeros desnudos ya estaban apareciendo en las salas y sobre todo, en los quioscos, donde los niños íbamos a mirar las portadas de la revista Interviú, que acababa de aparecer en escena unos meses antes y que siempre nos regalaba el milagro de un cuerpo medio desnudo de mujer.

Aquel mes de agosto de grandes cambios fue también el del cine Gelu, que bajo la denominación de sala especial quiso marcar su propio territorio en la ciudad. Juan Asensio, que ya intuía que los buenos tiempos del cine convencional se estaban agotando, quiso orientar una sala para el llamado cine de autor, pero la aventura acabó fracasando. El Gelu se inauguró el 14 de agosto de 1976 con la película ‘La caída de los dioses’ de Luchino Visconti, pero el estreno del nuevo cine se vio eclipsado por una noticia que dejó malherida la ciudad, el asesinato del joven Javier Verdejo en la arena de la playa de San Miguel.

Recuerdo como si hubiera sido ayer, el clima de miedo y de rabia que provocó el suceso. Generó un sentimiento colectivo imparable y desde aquel día todos entendimos que ya no había marcha atrás, que estábamos asistiendo a la llegada de un tiempo nuevo y teníamos la obligación de remar en una misma dirección.

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