La Voz de Almeria

Playas de Almería

Las playas del oro, donde aún no ha llegado la invasión del turismo

Piedra Negra y Piedra Blanca se salvan de la masificación por sus complicados accesos

Las rocas de origen volcánico emergen del agua azul en la Playa Negra

Las rocas de origen volcánico emergen del agua azul en la Playa Negra

Eduardo de Vicente
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Ahora que van quedando menos playas tranquilas, volver a las calas perdidas del oro es como regresar medio siglo atrás, cuando te podías perder por cualquier zona de Cabo de Gata y sentirte como un auténtico robinsón, sin temor a que unos palistas te pisaran la toalla o que el vecino de la sombrilla de al lado se dejara las tajadas de sandía tiradas en la arena. El aluvión del turismo es un buen negocio para los hombres, pero una pésima inversión para la naturaleza, que tiene que soportar una presión excesiva en estos meses de verano.

Las playas del oro fueron durante décadas el paraíso de los mineros, el lugar donde se evadían de la dureza del trabajo y las preocupaciones de la vida diaria. La actividad de Rodalquilar, aquella vida trepidante que generaban las minas, cesaba los días señalados en rojo en el calendario laboral. Antes de que el sol calentara demasiado, ríos de familias cogían el sendero que hacia el sur llegaba hasta la cala de Piedra Negra. Iban cargadas de cestas donde llevaban la comida y la bebida suficiente para pasar la jornada hasta que empezara a hacerse de noche.

Los niños de las minas aprendieron a nadar en las soledades de aquellas playas vírgenes del valle. Crecieron corriendo por aquellos campos tan castigados por el sol y también por aquellas playas que parecían sacadas de un cuadro fantástico. Se escapaban de sus casas y caminaban tres o cuatro kilómetros para refugiarse en las calas de Piedra Blanca y Piedra Negra. Subían y bajaban por acantilados imposibles para gozar del placer de sentirse libres frente al mar. Era su refugio, el lugar perfecto para evadirse del ambiente de trabajo duro y de tensión que se respiraba en el pueblo: los hombres en la mina, las mujeres en la labor de las casas y los niños en la disciplina férrea del colegio. Eran muchas horas de mina y también de aguantar ese clima de tensión, de nerviosismo, de miedo, que había flotando en el aire, temiendo que el sonido de la sirena anunciara un accidente.

Piedra Negra y Piedra Blanca, aquellos refugios espirituales de los mineros, conservan aún su aspecto de lugares perdidos donde la naturaleza se ha mantenido intacta, a salvo de la mano del hombre, aunque expuesta a la incursión de los temidos domingueros. Estas calas forman un paraíso remoto, casi primitivo, envuelto en un paisaje de una belleza salvaje. No hay ningún camino que pase por allí. Para llegar hay que conocer el terreno, atravesar las veredas que llevan hacia el sur y trepar por los cerros de piedra hasta encontrar aquellos recodos donde la naturaleza se ofrece con toda su fuerza: playas de piedras esculpidas por la lava de un volcán, dunas de arena fina que se esparcen por la orilla para unirse en perfecta armonía con el fondo del mar. Aquí no llegan el ruido de los coches ni el alboroto de los turistas; lo más parecido a la civilización que uno se puede encontrar en un día de diario son las voces de los pescadores que, asomados al acantilado, pasan la tarde soñando con un gran botín. En los días de calma, cuando el viento sopla de poniente, el mar es un espejo de colores verdes y azules que parecen obra de la mano de un dios. Uno tiene la sensación de que en este trozo de playa brotó la vida por primera vez.

Aquí todos los caminos conducen al mar. Uno viene de Rodalquilar y se va derramando por las montañas hasta alcanzar las playas de Piedra Negra y Piedra Blanca; otro se pierde entre los campos hacia el este y desemboca en los acantilados del Playazo y la costa de las Negras. En los tiempos del esplendor minero, las calas del Playazo eran el refugio de los hombres importantes de las minas. Cuando llegaba el 18 de julio, la carretera se adecentaba, quitaban las piedras y dejaban más llano el camino para que pudieran transitar los vehículos. Familias enteras pasaban allí la jornada, acompañadas a veces por alguna personalidad de renombre de la empresa ADARO, que presidía el baño y el banquete, y terminaba brindando para que la tierra siguiera ofreciéndoles el oro que a tantas familias daba de comer. Pero los buenos tiempos duraron poco. A mediados de los años sesenta las minas dejaron de ser un buen negocio. De lo que era Rodalquilar solo quedaron las casas vacías, las calles que se fue tragando la vegetación, las instalaciones industriales convertidas en fantasmas de hierro, y al sur, las playas donde las familias de los mineros celebraban la vida los domingos de verano. Todavía, cuando uno se pierde por esos caminos que llevan al mar, se pueden escuchar, entre el rumor de las olas y el aullido del viento, las voces alegres de aquellos niños, que se quedaron flotando en el aire.

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