La Voz de Almeria

Almería

El salto a la universidad desde El Acebuche: "Me fui a la celda pensando que había suspendido"

Agustín, Diego, Javier y Silvia, primeros internos en Andalucía en realizar el examen dentro de la prisión

Javier, Diego, y Silvia posan en el aula con el coordinador de Educación Carlos Villoria y Diego, funcionario de prisiones.

Javier, Diego, y Silvia posan en el aula con el coordinador de Educación Carlos Villoria y Diego, funcionario de prisiones.Víctor Navarro

Víctor Navarro
Publicado por

Creado:

Actualizado:

Cuando el módulo se apaga. Las puertas quedan cerradas y la luz cae de golpe, pero no todo se detiene. En algunas celdas sigue habiendo ruido de papel: hojas que se pasan, apuntes escritos a mano, alguien que repite en voz baja lo que no logró fijar durante la clase. No hay ordenadores ni acceso a internet. Solo papel y el tiempo limitado antes del cierre total. “Hay días que terminas a las dos o las tres de la mañana”, cuenta Javier, de 29 años, que cumple una condena de tres años y medio.

Hacía años que no estudiaba y ahora ha vuelto a hacerlo en estas condiciones. Es uno de los cuatro internos del centro penitenciario de El Acebuche que han aprobado la prueba de acceso a la universidad para mayores de 25 años. El examen se ha realizado por primera vez dentro de una prisión en Andalucía y ha tenido lugar en Almería. Pero la novedad explica poco si no se mira cómo se llega hasta ahí. Las clases no funcionan como fuera.

Un proceso diferente

El programa, una lección de una hora por semana. El resto depende del tiempo que cada uno consiga sacar entre los horarios del centro. Para muchos, eso empieza con una limitación añadida: el destino. El trabajo dentro de la prisión ocupa buena parte del día. “Si tienes destino, pierdes la mañana entera”, resume Diego, de 53 años y una pena de más 10 años. “Y lo que no haces ahí lo tienes que recuperar por la noche”. Ahí empieza otra jornada. Sin profesores, sin estructura, sin acceso a recursos externos. “Todo es con apuntes de papel”. Aun así, la prueba es la misma que en el exterior.

Los reclusos, aprobados en el examen de acceso a la universidad de mayores de 25, junto al personal funcionario de la prisión.

Los reclusos, aprobados en el examen de acceso a la universidad de mayores de 25, junto al personal funcionario de la prisión.Víctor Navarro

“No hay internet”, explica Agustín —nombre ficticio—, de 44 años, que cumple una condena de once. Hacía más de veinte años que no abría un libro y que ha cumplimentado el año lectivo.

No hay adaptación. Para algunos, el curso no ha sido realmente un curso. Entre horarios, trabajo y limitaciones del centro, hay quien apenas ha podido asistir a clase. Diego reconoce que se preparó el examen en apenas unas semanas, prácticamente por su cuenta. “Lo que no hacía por la mañana tenía que hacerlo por la noche”, explica. La preparación se construye así: a ratos, sin continuidad y con lo justo para intentar llegar.

Silvia, de 34 años, había descartado el examen el año pasado porque no se veía preparada. Esta vez sí dio el paso, aunque la sensación al salir del aula no fue precisamente de confiar en el resultado. “Me fui a la celda pensando que había suspendido”, recuerda. Días después comprobó que había aprobado.

No lo cuenta como una historia de éxito, sino como un cambio de dirección. “Antes estaba en otro mundo. Ahora quiero trabajar, estudiar… otra cosa”, señala. En ese matiz se mueve gran parte del significado que tiene el examen dentro de la cárcel: no tanto como meta en sí misma, sino como parte de un proceso más amplio.

En ese contexto han aprobado. Sin embargo, cuando se habla del futuro, el discurso cambia. Entre los propios internos aparece una reflexión que rompe la lectura más fácil del logro. “Está bien estudiar”, dice Agustín, “pero aquí haría más falta formación profesional”.

Reflexión dentro de la prisión

Presentarse al examen ha sido, para ellos, una forma de marcarse una meta dentro de la prisión, una más entre los días que se repiten. No por la nota en sí, sino por lo que implica: recuperar hábitos, sostener una rutina distinta y medirse en algo que va más allá del encierro.

Saben por qué están ahí. Hablan abiertamente de los errores que cometieron y del tiempo que tienen que cumplir por ellos. Ese punto de partida no cambia. Pero durante estos meses han conseguido introducir una diferencia. Han dejado de sentirse únicamente un cuerpo entre cuatro paredes para verse también capaces de avanzar, de exigirse algo más y de hacer algo distinto con el tiempo que tienen.

No resuelve lo que vendrá después ni garantiza una salida diferente. Pero, al menos por ahora, les permite no quedarse donde estaban. Pero la incertidumbre continúa ahí: “Un ciclo formativo te da una salida más clara cuando sales. Esto… no sabemos”. No lo dice como una crítica a la universidad en sí, sino como una cuestión práctica. Oficios, formación más directa, posibilidades de incorporarse al mercado laboral con algo concreto.

La duda está ahí, incluso después de haber conseguido superar el examen en unas condiciones complicadas. No es una reflexión aislada. Otros internos apuntan en la misma dirección: la necesidad de una formación que conecte mejor con lo que van a encontrar fuera.

Panadería, carpintería, informática pueden darse a través de cursos del SEPE, como es el caso de Diego, que parte su tiempo en la biblioteca centra de la prisión, con esa formación. Pero Agustín habla de una escuela de formación propia de la prisión, donde la reinserción pase por el empleo. Oficios que puedan convertirse en una salida directa cuando terminen de cumplir condena. La contradicción queda expuesta: todos y cada uno de ellos han superado el acceso a la universidad dentro de prisión, pero no tienen claro que ese camino sea el más útil en la calle.

tracking