Las chumberas sanas vuelven a reinar en el entorno de la Alcazaba
Hace unos años desaparecieron cuando fueron atacadas por la cochinilla

La ladera sur de la Alcazaba vuelve a llenarse de pencas tras superar la crisis.
Siguen renaciendo las pencas en los paisajes almerienses que vuelven a reinar en el entorno de la Alcazaba tras la crisis vivida por estas plantas debido al ataque masivo de la cochinilla que las dejó solo en un recuerdo. Empezaron a llenarse de manchas blancas y entonces nos dijeron que una enfermedad las había invadido y que después de siglos formando parte de nuestros escenarios, se veían abocadas a la desaparición. Ahora han vuelto y lo han hecho en dos versiones: la clásica penca de tallo plano y otra de tallo cilíndrico que no estaba tan extendida en la capital.
Aquí en Almería les llamábamos pencas y formaban parte de nuestro inventario infantil porque estaban por todas partes. Las pencas eran mayoría en la ladera de la Alcazaba, en los cerros de la Molineta, en las cuestas del barrio de la Chanca, en las veredas del cerrillo de las Cruces, y en cualquier descampado y en cualquier rambla de la provincia. Por muy castigada que estuviera la tierra, por mucho que apretara la pertinaz sequía, siempre había un hueco para las chumberas que cada año, cuando llegaba el verano, nos regalaba el placer de sus frutos. Cuando en verano íbamos de excursión en coche y nos parábamos en la boca de entrada al puente de Rioja, allí también nos encontrábamos con aquellas plantas tan familiares, mirando desde su atalaya la grandeza del cauce del río.

Junto a la penca clásica se ha extendido un cactus de tallo cilíndrico sembrado de pinchos.
Almería era una tierra de pencas y de su fruto, el humilde chumbo, que nos refrescaba las mesas cuando llegaba el verano. Mi madre siempre nos contaba que en el último verano de la guerra, cuando escaseaban las provisiones y los mercados empezaban a quedarse vacíos, los chumbos quitaron mucha hambre en los barrios más humildes y daban trabajo a los mercaderes que iban vendiéndolos.
En las ferias de la posguerra, en aquellas ferias pobres donde en las tómbolas se rifaban los pollos vivos, los vendedores de chumbos ocupaban las principales esquinas de las calles que desembocaban en el Paseo y eran el fruto oficial de aquellas tardes de fiesta. Por mi calle pasaba el hombre de los chumbos con sus cubos repletos. Iba de casa en casa y se paraba en la puerta pregonando su mercancía. Las mujeres salían con un plato en la mano para que el vendedor ambulante se lo llenara a fuerza de paciencia. Era todo un ritual ver como aquél experto en el complicado arte de pelar chumbos iba pasando el cuchillo con destreza para extraer el fruto sin que le rozara ninguna púa. Los niños lo mirábamos con atención y desasosiego, como si estuviéramos contemplando el número de un equilibrista caminando sobre el abismo de una cuerda. Parecía imposible que no se llegara a pinchar, y así era, porque siempre acababa herido, pero no le daba importancia porque tenía las manos tan duras que ni los temidos pinchos de los chumbos podían penetrarlas.
Las pencas también formaban parte de nuestros juegos infantiles. En la hoja carnosa de una penca grabamos un día nuestro primer corazón y el nombre de la niña que nos gustaba. Cada vez que volvíamos a pasar por ese lugar buscábamos aquella cuartilla improvisada para ver si seguía impreso el nombre de ella aunque ya no fuera nuestra novia. En la hoja de una penca jugábamos a clavar un cuchillo como si fuera una diana en aquellas tardes de primavera en que dejábamos de ir al colegio y nos escapábamos a la soledad de la Molineta, donde tantos niños encontramos el lugar perfecto para huir de la vigilancia de nuestras madres. Las pencas eran una parte más de nuestro escenarios cotidianos, tan vinculados a esta tierra que llegaron a ser portada de los carteles de Feria de 1927, 1968 y 1997. Hasta don Manuel Fraga Iribarne, siendo ministro de Información y Turismo, se quedó entusiasmado con las pencas de la Alcazaba que parecían tan antiguas, tan ligadas a aquel escenario como sus propias piedras.