El amor que se tejía a escondidas
Los primeros amores estaban llenos de besos en los portales y de miedo a ser descubiertos
Yo no conocí el amor de las parejas formales de los años cincuenta, cuando los domingos se llenaban de novios cogidos de la mano que mostraban públicamente que su relación iba en serio. Yo llegué tarde a aquella época en la que se valoraba mucho que el novio fuera un muchacho como Dios manda con intenciones de casarse y no de pasar el rato.
Los niños, a comienzos de los años setenta, al menos los de mi barrio, éramos más promiscuos y nos enamorábamos varias veces al año. Por septiembre nos quedábamos colgados de alguna compañera de clase, que casi siempre era la nueva, la que acababa de llegar ese curso al colegio. También nos enamorábamos de alguna vecina, de la hermana de un amigo o de la novia de algún muchacho de nuestra calle, siempre mayor que nosotros, que ya hecha una mujer nos parecía un reto inalcanzable, y quizá por eso nos gustaba más que ninguna.
En los veranos solíamos cambiar de amor y acabábamos hechizados por la prima de algún amigo que había venido de Madrid a pasar unas semanas. Qué capacidad de seducción tenían las niñas que venían de fuera, mucho más si eran extranjeras, porque estaban más adelantadas, según se decía entonces. El problema de aquellos amores forasteros era que todos nos enamorábamos de la misma y todos nos quedábamos con la boca abierta y el alma en los pies cuando el guapo del barrio, con la adolescencia recién estrenada, la seducía ante nuestros ojos infantiles. En ese momento comprendíamos que no teníamos edad para tanto desengaño y lo mejor era volver a lo nuestro, que era jugar al fútbol y trepar por los cerros.
Pasaron los años y la adolescencia nos permitió dejar de ser aspirantes y meros espectadores para pasar a la acción y protagonizar, de verdad, nuestras propias historias de amor. Los primeros amores estaban llenos entonces de besos en los portales y del miedo a ser descubiertos por algún familiar y que nuestros padres se enteraran y nos recordaran que no teníamos edad para empezar con esas aventuras. Cuando de regreso las acompañábamos, nunca llegábamos hasta su misma calle, sino que nos quedábamos en la esquina para no levantar sospechas, y allí, a escondidas, nos despedíamos con el último beso.
Todo se hacía de manera furtiva y como no existía el móvil ni Internet, para quedar, para comunicarnos durante la semana, recurríamos a la intimidad de una cabina de teléfonos para llamarla a su casa. Cuántas veces, al escuchar la voz de la madre o lo que era peor, la del padre, colgábamos de golpe por pura cobardía. Otras veces, para evitar un mal trago, le pedíamos colaboración a alguna vecina de confianza, que nos hacía el favor de ponerse ella al teléfono y preguntar por nuestra amada.
El primer amor se nos colaba hasta el estómago, nos quitaba el hambre y el sueño y nos ponía patas arriba todos nuestros valores y nuestras convicciones más firmes. Por ella renunciábamos a la pandilla de amigos que parecía inquebrantable; por ella nos quedábamos colgados del techo de la clase de historia mientras el profesor nos explicaba la lección en aquellas horas interminables; por ella dejábamos de ir al fútbol un domingo y nos colábamos en la primera sesión de una sala de cine buscando más la complicidad de la oscuridad que la seguridad de una buena película.
El primer amor traía de la mano el primer beso, los primeros abrazos, las primeras promesas de que aquello iba a ser para siempre. Los primeros besos eran todo un descubrimiento, algo así como conquistar un territorio prohibido, como conseguir una victoria. Cuando la besábamos por primera vez nos llenábamos de orgullo y corríamos a nuestra calle en busca de nuestros amigos para contarlo. Con los primeros besos pasaba como con las buenas películas: se saboreaban dos veces si luego se comentaban.
Qué largas se hacían las semanas entonces y qué cortos los sábados y los domingos. Los primeros amores se alimentaban de las esperas, de la distancia, de las barreras que ponían los padres para que no llegáramos tarde a casa. Cuánto más complicado lo teníamos más fuerte nos golpeaba el amor. Qué sensación de tristeza cuando una amiga común te llegaba con la noticia de que esa tarde no podríamos verla porque estaba castigada.
Aquellos amores recién estrenados llevaban el perfume de las primeras colonias que nos regalaban por reyes y del olor a menta que los chicles nos dejaban en la boca para asegurarnos el éxito en las distancias cortas. Aquellos amores nos dejaban un poso de amargura cuando llegaba el momento de la ruptura y el firmamento nos caía de golpe sobre nuestras cabezas.