Bernardo Ocaña: el último artesano de jarapas en la Alpujarra almeriense
En su pequeña tienda-taller junto a la plaza Mayor de Laujar de Andarax, este artesano mantiene viva una tradición milenaria que heredó por amor

Bernardo Ocaña en su telar de jarapas.
La puerta está entreabierta. Un leve sonido a madera deslizándose resuena dentro. Es el chirrido constante de la lanzadera pasando entre 500 hilos de urdimbre en un telar que ya no se fabrica, que sobrevive a base de ingenio, mimo y años de conocimiento transmitido por amor. Dentro, Bernardo Ocaña Milán, de manos firmes y mirada cálida, no solo teje jarapas: teje la historia de toda una comarca.
Es el último. En toda la Alpujarra Almeriense, ya solo queda él trabajando de forma completamente artesanal este tejido que data del Al-Ándalus. La jarapa es un telar tradicional de origen árabe, típico de las Alpujarras, elaborado a partir de retales, lanas o algodones.
Se utilizaba como colcha, alfombra, tapiz o protector para bestias y colchones. Su fabricación artesanal se realiza en telares de madera de bajo lizo, con técnicas que han perdurado durante siglos. Hoy, se considera un símbolo del patrimonio cultural alpujarreño.
Bernardo no lo heredó de una estirpe de tejedores, sino que lo aprendió de su compañera de vida: su esposa. “Fue ella quien me enseñó". Su mujer enfermó y tiempo antes de fallecer le enseñó a Bernardo todo lo que sabía para que continuase su legado. "Cuando se empezó a encontrar mal, me fue enseñando poco a poco. Las mujeres son muy listas, saben lo que hacen”, dice, con una ternura que abriga.
Un patrimonio y una historia viva
Nació en Alcolea, pero el destino lo llevó a Laujar de Andarax por amor. Con su mujer compartió más de veinte años de vida, y también el taller. Durante muchos años, él trabajó en la construcción. "Pero siempre le ayudaba con los hilos de la urdimbre. Es lo más difícil. Imagínese: colocar 500 hilos uno por uno, sin que se tuerzan, sin que se crucen...”, recuerda.

Bernardo Ocaña en su telar de jarapas.
Cuando llegó la crisis del ladrillo, su vida dio un giro inesperado. “En el pueblo se organizó un taller de empleo de Turismo y me apunté. Fue ahí donde descubrí mi pasión por enseñar lo que somos, lo que tenemos. Laujar tiene mucho que contar”. Así nació su otra faceta, la de guía turístico, que aún hoy mantiene en paralelo a su trabajo con el telar.
Y aunque el turismo ha cambiado Bernardo recuerda como antes llegaba mucha gente del IMSERSO. "Se bajaban del autobús y se quedaban en la plaza, sin saber qué ver, ni a dónde ir. Por eso empecé a hacer visitas guiadas, para mostrarles nuestro patrimonio, nuestra historia. Y funcionó. Muchos se iban encantados”.
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Herencia de Al-Ándalus
Las jarapas tienen un alma morisca. En la época de esplendor del Reino de Granada, Laujar –la antigua taha– y su entorno alpujarreño producían las sedas más codiciadas del sur de Europa. Con la guerra de las Alpujarras, esa materia prima se perdió, y la lana tomó el relevo. Surgieron entonces las jarapas de harapos: retales que las abuelas hilaban para hacer colchas, alfombras o mandiles.
“Ahora trabajamos con lana o algodón, según la temporada. En verano se vende más el algodón; en invierno, la lana. Tenemos lana más tierna, más mullida, y otras más recias”, explica Bernardo, mientras acaricia una de sus piezas. “La gente le da muchos usos: como cabecero, como alfombra, como tapiz… Yo hago también lo que yo llamo ‘felpudillos’. De ese tamaño también salen bolsos”.

Bernardo Ocaña en su telar de jarapas.
Cada pieza requiere días de trabajo meticuloso. “De un telar como el mío, de 1,60 por 2 metros, solo pueden salir tres jarapas al mes. Y eso si todo va bien, si no se rompe nada. Porque claro, esto ya no se fabrica. Si se estropea, hay que inventarse cómo arreglarlo”, cuenta, señalando un antiquísimo telar de madera.
A veces recibe encargos que tiene que rechazar. “Todo se puede hacer. Pero hay cosas que llevan muchísimo trabajo. Y la gente no siempre puede pagar lo que cuesta hacer algo tan personalizado. No es que no quiera. Es que no compensa”.
Bernardo hace hincapié en la diferencia esencial entre su trabajo y el de las producciones mecanizadas. “Un telar industrial se enchufa, como una máquina de coser eléctrica. El mío va a pedal, se pisan los pedales para abrir la urdimbre y pasar el hilo. Uno a uno. A mano. Se nota en el remate, en el tacto. Esto no tiene precio. Cuando alguien se lleva una jarapa hecha por mí, se lleva un trozo de mi alma”.
Una tradición que se apaga
A pesar de todo, la realidad es cruda. “Soy el único en la Alpujarra Almeriense que sigue tejiendo con telar artesanal. En Níjar aún queda algo, pero aquí ya no hay nadie más. Y claro, esto no se aprende en un día. Ni en un mes. Y no se paga lo que vale”.
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Aunque con el auge del teletrabajo, Bernardo percibe un nuevo soplo de esperanza para los pueblos rurales. “Cada vez hay más jóvenes que vienen buscando calidad de vida. Es verdad que faltan infraestructuras, pero a cambio tienes tranquilidad, paisaje, hospitalidad... Cosas que en una gran ciudad no te dan”.
El alma del tejido
Entre hilos y trapos, Bernardo ha tejido una forma de resistir. Cada jarapa que sale de su taller es única. Colores jaspeados, rayas, manchas, tonos lisos. Ninguna igual a otra. “Nosotros siempre intentamos innovar. Pero manteniendo la esencia. Porque esto no es solo una alfombra. Es un símbolo. Es una manera de vivir”.
Su tienda, junto a la plaza Mayor de Laujar, es mucho más que un punto de venta. Es un museo vivo. Un refugio de la memoria. Un testimonio de lo que fue y lo que aún puede ser.
Cuando se le pregunta si ve posible que alguien continúe su legado, suspira. “Ojalá. Yo estaría encantado de enseñar. Pero hay que tener paciencia. Amor por esto. Porque no es solo tejer. Es cuidar. Es sentir”. Y lo dice con la misma ternura con la que habló de su mujer. La que le enseñó. La que aún está en cada hilo que él anuda con sus propias manos.