Sara Islán: una vida tejida con música, entre el Cabo de Gata y la Anatolia profunda
La filósofa y etnomusicóloga almeriense ha hecho de la música un puente entre su tierra natal y las melodías ancestrales kurdas de Turquía

Sara Islán participando en una de las danzas circulares.
Sara Islán Fernández es filósofa, etnomusicóloga y cantante; una viajera del tiempo y de los sonidos, capaz de tender puentes entre Almería y la Anatolia profunda, entre las orillas del Mediterráneo oriental y las civilizaciones que han tejido la historia de esas tierras. Su vida se despliega como un mapa abierto: París, Bruselas, Berlín, Estambul, la lejana y enigmática Mardin… ciudades donde descubrió que la música no es solo arte, sino memoria, identidad y comunidad, un lenguaje que une pasado y presente, tradición y descubrimiento.
Sentada en el sofá de una de las casas más emblemáticas de la ciudad, la de Juan Córdoba, rodeada de libros, instrumentos y un aire oriental que parece hecho a su medida, Sara comienza a relatar su historia. La narración fluye como un hilo de memoria que recorre esas ciudades, hablando con la serenidad de quien ha cruzado muchas fronteras.
Nació en Almería, en el hospital Virgen del Mar, y para reforzar su identidad indálica, es nieta de Inocencio Fernández, conocido como “Gervasio”, propietario de la mítica tienda de coloniales y ultramarinos 'La Oriental' o 'San Gervasio'. Hija de un ceutí que trabajó en Tetuán, Marruecos, y una almeriense, pasó los primeros años de su infancia entre dos mundos.

Sentada en el salón de la casa de Juan Córdoba.
A los seis años regresó a su tierra natal y, algunos años después, la familia se trasladó a Madrid, donde Sara estudiaría filosofía en la Universidad Complutense. “Desde muy temprana edad quería estudiar filosofía”, recuerda, como si siempre hubiera estado escrito en su destino. A Almería regresa desde entonces cada año para reencontrar familiares y amigos en un rincón del Cabo de Gata.
Una cantante llamada Aynur Doğan
Pero fue en París, durante un Erasmus en 2005, cuando su vida tomó un rumbo inesperado. Un canto en un idioma diferente, lleno de melismas y ornamentos, flotando entre el bullicio parisino, la detuvo por completo. “Recuerdo una canción en la radio y la parálisis total. Pensé: ¿qué es esto? No voy a parar hasta que no sepa qué es y hasta que no cante así. Luego supe que se trataba de un tema de la mítica cantante de Aynur Doğan. Algo dentro de mí me impulsaba a seguir el rastro de esos sonidos” Ese camino la llevaría a Turquía, donde encontraría un hogar y su propia familia.
Entre libros, ensayos filosóficos y estudios de Máster, la música se convirtió en brújula. Primero la medieval y renacentista que estudiaba en París y Bruselas, después la música modal de Anatolia que descubrió en Berlín.
La capital alemana fue una revelación: cafés oscuros, bares improvisados como salas de ensayo y pisos donde la música se mezclaba con el olor a té y tabaco. Allí encontró a músicos turcos y kurdos que le abrieron otro mundo. “Me pegué a ellos como una lapa”, recuerda. Las canciones parecían relatos épicos: himnos de resistencia, memorias colectivas hechas melodía.
Aprendió a cantar en turco sin entender las palabras, atraída solo por la sonoridad y la fuerza de esas voces lejanas. “Lo que me fascinaba era la pluralidad: músicas en turco, griego, armenio, kurdo.” En 2010, Sara cruzó el Mediterráneo y llegó a Estambul, ciudad donde pasado y presente se entrelazan en bazares, té negro y melodías que escapan de ventanales. En el Conservatorio de la Universidad de Estambul se sumergió en la música turca clásica y popular, aprendiendo que cada canto en la península anatolia es historia viva.

Posando con un bendir.
Pronto, su rumbo la llevó a Mardin. Allí, trabajando en la universidad local, se volcó en la etnomusicología y se adentró en la vida cotidiana de comunidades kurdas, árabes, armenias y asirias.
Armarios con secretos que se pierden en el tiempo
Abrió armarios llenos de casetes familiares, grabaciones que circulaban de mano en mano, guardando canciones de primos, vecinos y bardos locales, que ella registró con afán. “Era como abrir un tesoro secreto de memoria musical”, recuerda.
Con el tiempo, Sara decidió establecerse en Şanlıurfa, la antigua Edesa, ciudad marcada por la historia, la diversidad y las tradiciones vivas. Allí profundizó en su investigación etnomusicológica y echó raíces personales: se casó con un ingeniero turco y formó su familia. Urfa se convirtió en hogar, un lugar donde la música, las danzas comunitarias y las celebraciones locales estaban entrelazadas con la vida cotidiana.
Documentó bodas y descubrió las danzas comunitarias circulares —halay—. “Al principio pensaba que era solo coreografía. Luego entendí que había que aprender algo más: lo que yo llamo la meta-coreografía, esa dimensión invisible que transmite vínculos y pertenencia. Cada baile es un lenguaje silencioso. En diez años que pasé en Urfa vi cómo unas se ponían de moda y otras desaparecían. Observar y participar en estas danzas me enseñó que la música y el movimiento no solo se sienten, sino que se viven como comunidad.”
Aunque su corazón y su trabajo estaban en Turquía, mantenía vínculos estrechos con España, país que la seguía llamando y al que regresaba periódicamente. Esta vida compartida entre Estambul, Urfa y Madrid le permitió construir un puente entre culturas, uniendo experiencia académica, vital y musical en una tesis doctoral que defiende en la universidad de Valladolid. Insiste en subrayar la suerte de haber sido dirigida por dos personas que le cambiaron la vida: un experto en la música de Anatolia, Jérôme Cler, y una arqueóloga musical, Raquel Jiménez Pasalodos.
Un terremoto que sacudió su vida
El terremoto que sacudió Turquía en 2023 cambió de golpe su vida. Se encontraba en España con sus hijos cuando la catástrofe alcanzó el sur del país afectando a Urfa: edificios agrietados, amigos desplazados, pérdidas irreparables. “Ese día mi vida, y la de mucha gente, cambió: tuve que quedarme en Madrid, pero espero volver”, recuerda.
El destino quiso que, unos meses después, ganase un concurso como profesora de etnomusicología en la Universidad Autónoma de Madrid, lo que la retiene en Madrid, inmersa en algunos proyectos de investigación relacionados con la investigación y difusión de músicas del Mediterráneo y Anatolia. Sara sigue construyendo puentes entre culturas, memoria y comunidad, llevando a sus alumnos y a nuevas generaciones el legado de los sonidos que han marcado su vida.