Las lágrimas sin consuelo del aficionado: el día que lloró el Mediterráneo
Se puede perder. Pero hay que hacerlo con dignidad. Y en Almería no queremos jugadores que hagan llorar a un niño y a su padre

Aficionados rojiblancos con la mirada perdida después de la durísima derrota contra el Málaga en la final del Play Off.
Su edad no llegaba a los cincuenta años, pero la dignidad que le abrasaba de dolor el alma y le rompía el corazón era más grande, más intensa y más elegante que la dignidad acumulada de toda la banda de jugadores y técnicos que, con su actitud en el campo ayer y durante (casi) toda la temporada habían provocado la inconsolable amargura de la derrota.
Después del segundo gol del Málaga aquel hombre que había vestido de rojo y blanco la piel, quizá durante todo el día o quizá durante todos sus días, abandonó la grada que compartía con el hijo y se fue a llorar en la soledad perdida de un pasillo cobijado por la frialdad del revestimiento metálico del estadio y la compañía de otros que, como él, habían decidido, tras la decepción, compartir la amargura infinita de la derrota con el amargo sabor de las lágrimas sin consuelo en la penumbra del silencio.
Perder y ganar. Esa es la grandeza del fútbol. Del juego
Perder forma parte del juego. Es la cara triste de la luna que a veces se alcanza y es en esa posibilidad de la derrota donde se construye la desbordada alegría que duele en la victoria. El dolor que precede a la victoria acaba construyendo la inmensidad de su alegría.
Perder y ganar. Esa es la grandeza del fútbol. Del juego. De cualquier juego. La derrota y la victoria, tan cerca y tan lejos siempre, es lo que hace del fútbol una pasión inabarcable y un sentimiento único.

Nadie esperaba un desenlace tan cruel para el Almería en el Play Off.
No fueron capaces de poner coraje y alma en el campo
Sostiene mi admirado Eduardo del Pino que el fútbol es el único cordón umbilical que nos une con la infancia. La alegría del gol o la tristeza de la derrota la cantas y la sientes igual con ocho años que con ochenta. La cantan igual Tony Fernández que Carlos Miralles. Es verdad.
Por eso las lágrimas del aficionado que lloraba su amargura en el silencio de aquel pasillo de pasos perdidos para que su hijo no lo viera eran las mismas lágrimas y tenían la misma dignidad de la que carecieron la banda de aburguesados que en el partido más importante de sus vidas no fueron capaces de poner sobre el césped del Mediterráneo el coraje y el alma que le exigía el corazón de una provincia que confiaba en ellos. Váyanse (casi) todos al carajo.
La dignidad que llevan en las suelas de sus botas caras nunca le llegará a la que un solo aficionado del Almería lleva en la suela de su zapato. Se puede perder. Pero hay que hacerlo con dignidad. Y en Almería no queremos jugadores que hagan llorar a un niño y a su padre.