El Almería sube a Primera a palo seco
Ante un estadio desbordado y sin celebraciones oficiales, el orgullo tomó las calles con poco color rojiblanco y mucha verdad

Maguregui paseado a hombros por el campo con Pepe Morales loco de contento.
Domingo, 10 de junio de 1979. El sol caía a plomo sobre un estadio que se quedó pequeño mucho antes del pitido inicial. Más de 20.000 almas empujaron a un equipo que nunca había estado tan cerca del cielo. La Agrupación Deportiva Almería no falló. Ganó, convenció y escribió la primera página dorada de su historia con un ascenso directo, rotundo y conquistando el título de campeón. Era un equipo de andar por casa, diseñado para mantener la Segunda tras subir desde Tercera, y acabó armando el taco ante los colosos de la plata.
Ganó 3-0 al Castellón, que no se jugaba nada, pese a los rumores de primas que nunca resistieron sobre el césped. Jeromo, Rolón y Rojas firmaron los goles de una tarde eterna. La directiva no tenía hábito en estas lides ni experiencia en celebraciones Cada aficionado celebró como pudo, como supo y como sentía. Porque aquel ascenso fue del pueblo y para el pueblo. La directiva no tenía hábito y como era costumbre la gente se fue a la Puerta de Purchena a esperar a los jugadores que salieron a su bola. Fue un ascenso a palo seco como se dice en Almería.

Este fue el primer Almería en tocar la Primera División.
Un estadio desbordado y un equipo sin dudas
El Estadio Antonio Franco Navarro, con capacidad para 15.000 espectadores, se llenó hasta los topes y rebosó por donde pudo. No cabía nadie más, pero entraron todos. Empujados por la ilusión y por años de espera. El Castellón pasó por Almería como una sombra. El equipo rojiblanco fue un vendaval, consciente de lo que había en juego, decidido a no dejar espacio a la duda ni al miedo. Fue un 3-0 sin discusión, un golpe en la mesa de un club que se sentía preparado para dar el salto. Si vino primado por terceros en el campo no se notó.

Alfonso García Sánchez saliendo del Franco Navarro con su directiva.
El ascenso vivido en la calle, sin guion ni protocolo
No hubo nada organizado por la directiva tras el partido. Ni autobús descapotable, ni balcones, ni agenda oficial. Al día siguiente, una visita a la Patrona, la Virgen del Mar, en silencio y con gratitud. A la semana siguiente, un partido para despedir la temporada. Y entre medias, la calle. La fuente de la Puerta de Purchena fue el punto de encuentro natural, el lugar donde confluyeron abrazos, cánticos y lágrimas. Cada uno celebró a su manera. Porque aquel ascenso fue tan feliz como inesperado. Los coches bajaban del campo haciendo sonar el claxon y la gente se cruzaba por la calzada. Iban locos de felicidad.

Maguregui y el doctor José Mario Albacete en el banquillo del Almería.
Un club de socios, lana en el cuello y orgullo en el alma
Se vendían gorras, escudicos, banderas y banderines. Las bufandas no se compraban: se hacían en casa, de lana, punto a punto, por madres y abuelas. El merchandising llegaría después. Entonces, el patrimonio era otro: un estadio levantado y pagado por la afición, un club de sus socios y una identidad sólida. La Agrupación Deportiva Almería tenía un entrenador de Bilbao, José María Maguregui; un capitán almeriense, Juan Rojas; y un presidente de la tierra, Alfonso García Sánchez. Y en la grada, socios como el 520, con 21 años y toda una vida por delante para no olvidar jamás aquel día en que Almería subió a Primera a palo seco. Aquel socio tenía 21 años, la vida por delante y la certeza de estar viviendo algo irrepetible. Qué más podía pedir. Aquel socio soy yo.

Pepe Morales, José María Maguregui, Miguel Cubillo y Paco González tras la batalla.