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Sociedad

Cuando trabajar no basta para llegar a fin de mes en Almería

Yenny Olivos llegó desde Perú buscando seguridad para sus hijos. Seis años después, trabaja, mantiene prácticamente sola a su familia y aún necesita ayuda para cubrir gastos

Yenny Olivos, en la calle de Almería donde vive en la actualidad.

Yenny Olivos, en la calle de Almería donde vive en la actualidad.M.C.

Miguel Cabrera
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"La primera sensación de conseguir un trabajo y, pese a ello, no ser suficiente para llegar a fin de mes es pensar que no eres capaz de sacar adelante a tu familia".

Yenny Olivos acaba de empezar un nuevo empleo como auxiliar de ayuda a domicilio en Almería. Después de años encadenando trabajos en hostelería, limpieza, almacenes de envasado o cuidado de personas mayores, afronta esta nueva etapa con la misma determinación que ha marcado su vida desde que llegó a España. Sin embargo, las cuentas siguen sin salir.

Porque trabaja, cobra una pensión alimenticia para sus dos hijos y, aun así, continúa teniendo dificultades para cubrir todos los gastos del hogar. Su caso ilustra una realidad cada vez más extendida: la pobreza laboral. En España, este fenómeno afecta a más del 12% de las personas con empleo y supera el 31% en el caso de las familias monoparentales. Una situación que se agrava especialmente entre mujeres, personas migrantes y hogares encabezados por un único progenitor, factores que confluyen en la historia de Yenny.

Con sus 39 años a la vuelta de la esquina, Yenny tiene dos hijos a su cargo y paga un alquiler de 800 euros mensuales. Entre suministros y otros gastos fijos, el gasto se eleva a los 1.100 euros al mes antes incluso de hacer la compra.

Durante los últimos años, los ingresos por sus salarios han rondado los 1.300 euros mensuales. A esa cantidad se suman los 400 euros de pensión alimenticia que recibe para sus hijos. Aun así, muchas veces no alcanza. “Para no necesitar ayuda, mi familia necesita como mínimo 1.800 euros al mes”, afirma.

Objetivo, independencia

Por ello, pese a su objetivo de alcanzar la independencia económica, ha tenido que recurrir en distintos momentos de los últimos seis años al apoyo de Cruz Roja. La organización ha estado presente desde su llegada a España: primero en el sistema de acogida, después en su proceso de inserción laboral y también en etapas en las que, aun trabajando, los ingresos no eran suficientes para cubrir las necesidades básicas.

“Mi objetivo es ser independiente y, cuando lo he logrado, dejo de llamar a la organización”, explica. Aun así, insiste en que lo más importante no ha sido únicamente la ayuda material que le ha prestado Cruz Roja durante todo este tiempo. “Más aún que lo económico, valoro la calidad humana, el trabajo, la atención permanente, que no dejen de estar atentos de mí”.

Ese apoyo le ha permitido cubrir necesidades básicas en momentos puntuales, acceder a material escolar para sus hijos o facilitar que participaran en actividades que de otra forma habrían estado fuera de su alcance. “Gracias a la ONG, mi hijo, que hoy tiene 11 años, ha podido hacer un curso de verano e ir al Mini Hollywood o al AquaVera. Son cosas que no están al alcance de muchas familias con pocas posibilidades económicas y que para mí son detalles muy importantes”.

A miles de kilómetros de Almería

Yenny vivía en Lima junto a su entonces marido cuando ambos decidieron abandonar Perú. La inseguridad y las extorsiones que sufrían les empujaron a emigrar a España en busca de estabilidad. “Queríamos una vida normal y, sobre todo, seguridad para nuestros hijos”. 

Pero la familia aterrizó en Madrid en el peor momento posible, el 3 de marzo de 2020, apenas unos días antes del inicio del confinamiento por la pandemia. Con las fronteras cerradas y la incertidumbre de aquellos meses, solicitaron asilo y entraron en el sistema de protección internacional

Durante el confinamiento fueron alojados en un albergue de la capital de España. “Fue un tiempo de mucha angustia. Vivíamos en una habitación con comedor compartido del que no podíamos salir, con el temor incluso a morir a miles de kilómetros de tu país por el coronavirus”.

En julio de ese mismo año fueron trasladados a Roquetas de Mar, de nuevo a través de Cruz Roja. “Entonces ni siquiera sabíamos poner a Almería en el mapa”, recuerda. Fue en la ciudad del Poniente almeriense donde su familia comenzó a reconstruir su vida. Sus hijos fueron escolarizados, el matrimonio empezó a integrarse y ambos encontraron trabajo. Él en un taller de motos; ella, cuidando personas mayores durante los fines de semana.

Parecía el comienzo de una etapa estable. Sin embargo, pronto llegaron nuevos obstáculos, una vez que la solicitud de asilo fue denegada, al no considerarse suficientes los motivos alegados. Aunque posteriormente regularizó su situación mediante arraigo social, aquella denegación añadió incertidumbre a un proyecto de vida que todavía estaba empezando.

Ruptura y más responsabilidad

Poco después, además, la relación de pareja se rompió definitivamente. Yenny abandonó el domicilio familiar, denunció a su marido por acoso y el proceso judicial acabó en divorcio. La custodia de los hijos quedó en sus manos y el juzgado fijó una pensión alimenticia de 200 euros mensuales para cada uno. Desde entonces, ha asumido sola la responsabilidad del hogar.

Ha trabajado como camarera, limpiadora, operaria en almacén, dependienta, cuidadora y, recientemente, en una confitería. Siempre con el objetivo de encontrar estabilidad. También se ha formado en administración, la profesión que estudió en Perú y en la que le gustaría desarrollar su carrera.

Sin embargo, considera que los salarios que ha encontrado, especialmente en sectores como la hostelería, no le han permitido salir de la precariedad. De ahí a que su hermano, que vive en Cataluña junto a su madre, le anime con frecuencia a trasladarse allí. “Me dice que me vaya porque los sueldos son mayores”.

Pero Yenny no quiere marcharse. Ni ella ni sus hijos conocían la provincia cuando llegaron. Hoy, sin embargo, la consideran su hogar. “Nuestra ilusión ahora es quedarnos aquí. Nos agrada mucho la tranquilidad y la gente de Almería. Lo que más me gusta es su cercanía, hospitalidad y empatía, así como la forma en que viven las fiestas, ya sea la Navidad, Semana Santa o las Cruces de Mayo”.

La presión económica, no obstante, sigue condicionando muchos de sus planes. Entre ellos, encontrar un empleo estable como administrativa, independizarse definitivamente de cualquier ayuda e incluso comprar una vivienda.

Angustia

“Siento agobio, angustia, de ver que por más que uno trata de ajustarse al presupuesto no se puede cubrir todo y siempre quedan cosas pendientes para el mes siguiente. Y así se hace una bola de nieve que no parece acabar”.

Las dificultades tampoco afectan únicamente al presente. Su hija, que tiene 18 años, quiere estudiar una ingeniería que no se imparte en la Universidad de Almería y tendría que trasladarse a Granada. “Según mis cálculos necesitaría unos 1.000 euros al mes para hacerlo. Ahora mismo está fuera de mi alcance”.

Todo ello hace que, a veces, sienta que su esfuerzo sigue sin ser suficiente. “No poder dar un capricho a tus hijos o simplemente no poder comprarles los tenis que ellos desean es una sensación que te debilita poco a poco. Y si se enferman, pues a correr”.

También reconoce la frustración que le provoca no haber alcanzado todavía sus objetivos profesionales: “El querer cumplir tus metas laborales y no poder alcanzarlas también te hace sentir ser poca cosa”.

Ante todo ello, hay una pregunta que aparece de forma recurrente: ¿Por qué no volver a Perú? La respuesta, sin embargo, sigue siendo la misma que la llevó a cruzar el Atlántico hace más de seis años. “Aquí mis hijos tienen la seguridad y la libertad de andar por la calle, de saber que salen y van a regresar bien. Eso es algo que, lastimosamente, en Perú ahora mismo es inviable”.

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