Cuatro décadas de Café Luna: el secreto de sobrevivir en la hostelería con 12 metros
Alberto Alcaraz regresa al negocio familiar tras una vida de búsqueda, emigración y transformación

De izquierda a derecha: Raquel, Alberto y Nuria.
En la avenida Juan Carlos I de Roquetas de Mar se encuentra el Kiosko Café Luna (1982), un negocio familiar que ha resistido el paso del tiempo gracias al esfuerzo, la constancia y la capacidad de adaptación. Al frente está Alberto Alcaraz, un hostelero que no solo ha heredado el negocio de sus padres, sino también una historia marcada por el sacrificio y la búsqueda de sentido en India. Su vida ha transitado entre la hostelería, el yoga, la emigración y experiencias límite, como cortar marihuana ilegal en USA.
¿Cómo se consigue mantener un negocio durante más de 40 años?
Con mucho esfuerzo y mucha constancia. No todos los años son iguales, hay muchos altibajos. A veces la gente piensa que un negocio que lleva tanto tiempo es porque siempre ha ido bien, pero no es así. Hay épocas muy duras en las que tienes que resistir y seguir adelante.
¿Qué papel ha tenido tu familia en todo este proceso?
Fundamental. Yo tenía solo cuatro años cuando mis padres montaron el negocio, así que prácticamente he crecido aquí. Toda mi vida ha estado ligada a la hostelería y al trabajo con ellos.
Sin embargo, hubo una etapa en la que te alejaste de Roquetas. ¿Por qué?
Sí, estuve unos diez años fuera. Necesitaba conocer mundo, ponerme a prueba. Trabajé en distintos sitios, sobre todo en hostelería, pero también en ocio nocturno, era encargado del grupo Bribones, mucha noche, todo el tiempo cansado. Llegó un momento en el que ese estilo de vida me quemó y sentí que tenía que cambiar.
¿Ese cambio te llevó al yoga?
Exacto. En Madrid empecé a practicar yoga y me enganchó completamente. Me cambió la vida. Me hice vegetariano durante 12 años y comencé a formarme en India. Viajé allí 8 veces en 10 años, viví en ashrams, medité… fue una etapa muy intensa.
También viviste experiencias muy diferentes en Estados Unidos.
Sí, en California trabajé durante tres temporadas en plantaciones de marihuana. Fue una experiencia dura y peligrosa. Trabajábamos 14-16 horas, sentados y rodeados de gente armada. Llegué ahí por contactos que hice en India. Era dinero fácil para seguir viajando y formándome en yoga, la temporada que más gané fueron 15.000 $. Durante aquel año se me caducó el visado y crucé a pie por México, como un ilegal.
¿Por qué decidiste regresar a Roquetas de Mar?
La pandemia fue clave. Estaba en Madrid, encerrado, y empecé a preocuparme mucho por mis padres. Además, mi padre se jubiló y mi madre se quedó sola con el negocio. Sentí que tenía que volver, ayudar y reorganizar mi vida.
¿Cómo fue retomar el negocio familiar?
No era la primera vez que lo hacía, pero esta vez fue diferente. Venía con otra mentalidad, con experiencias nuevas. Empecé a aplicar cosas que había aprendido fuera, como introducir nuevos productos… y poco a poco el negocio empezó a crecer.
¿Qué cambios concretos introdujiste?
Sobre todo en la oferta: zumos naturales, desayunos más elaborados… También en la forma de trabajar. Pasamos de vender 2 o 3 kilos de café a vender hasta 15 kilos en los meses buenos. Eso muestra que algo estamos haciendo bien.
¿Cómo es el día a día en el negocio?
Muy exigente. Abrimos a las 6:30 de la mañana y cerramos sobre las 16:00. Es un ritmo duro, pero necesario para que el negocio funcione.
Actualmente tienes 2 empleadas. ¿Cómo ha sido ese proceso?
Fue un paso importante. Al principio trabajaba con mi madre, pero el negocio creció, a pesar de ser 12 metros cuadrados, y necesitaba ayuda. Contratar personal es un riesgo, pero tuve suerte. Las chicas que trabajan conmigo son muy buenas personas. No tenían experiencia, pero las formé y han respondido muy bien.
¿Es fácil mantener la rentabilidad hoy en día?
No siempre. Hay meses buenos y otros muy complicados. De hecho, he pasado temporadas sin cobrar sueldo para poder mantener el negocio y pagar a mis empleadas. Para mí es importante que ellas estén bien.
Después de todo lo vivido, ¿cómo encuentras el equilibrio?
Es difícil. El yoga me enseñó mucho, pero ahora mismo estoy centrado en el negocio. Intento aplicar lo aprendido desde otra perspectiva, más interna. Busco equilibrio entre lo material y lo personal.
¿Sigues vinculado al yoga?
Sí, aunque de otra forma. Ahora soy socio de una escuela llamada BeYoga. Practico lo que se llama karma yoga, que es llevar la práctica a la vida diaria, al trabajo, a cómo te relacionas con los demás.
¿Cómo imaginas el futuro del negocio?
Me gustaría que funcionara sin que yo tenga que estar todo el tiempo presente. Poder delegar más, que el negocio ruede solo. Eso sería un gran logro.
¿Qué significa para ti Café Luna?
Es mucho más que un negocio. Es mi historia, la de mis padres, la de los clientes que llevan toda la vida viniendo. Aquí hay generaciones enteras que han pasado por estas mesas. Eso no tiene precio.