Una alumna de Aguadulce denuncia el exceso de peso que soportan los escolares en sus mochilas
Guadalupe, estudiante del IES Mar Mediterráneo, en una carta a LA VOZ, cuenta cómo ella y sus compañeros cargan kilos a sus espaldas cada día

Izquierda, Guadalupe en su camino al instituto con su mochila. Derecha, el IES Mar Mediterráneo
Por las mañanas, las calles cercanas a los institutos se llenan de pasos rápidos, de mochilas que rebotan en la espalda y de niños que aún desperezan el sueño mientras ajustan las asas. En ese ir y venir cotidiano, el peso parece formar parte del paisaje: libros, archivadores, botellas de agua, flautas, carpetas. Ninguno de esos objetos pesa demasiado por sí solo, pero juntos hacen que muchos estudiantes empiecen el día con los hombros cargados antes, incluso, de entrar en clase.
Entre ellos está Guadalupe, alumna de la ESO en el IES Mar Mediterráneo (calle Padre Bartolomé Marín, Aguadulce). Hace unas semanas escribió una carta al director de LA VOZ, Pedro M. de la Cruz, para contar algo tan común que casi nadie comenta: que su mochila, cada mañana, pesa más de lo que debería. Lo hizo como parte de un trabajo escolar en la asignatura de Lengua, pero sus palabras reflejan la rutina de muchos compañeros que, como ella, pasan de aula en aula cargando con el material de todo el día.

Carta al director de Guadalupe
El peso de un día cualquiera
A primera hora, Guadalupe llega al instituto con la mochila, que a veces alcanza los diez kilos. Dentro lleva un archivador con las hojas de las distintas asignaturas, varios libros —en algunas ocasiones más de dos—, el estuche, la botella de agua, la flauta de música, la muda de Educación Física y un pequeño neceser. “Son cosas pequeñas, pero al final pesan mucho”, comenta con una sonrisa tímida en conversación con LA VOZ.
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Las jornadas, cuenta, se hacen más pesadas porque los alumnos cambian constantemente de aula. “En muchas asignaturas tenemos que movernos”, explica. Algunos días no hay clases disponibles y las guardias se hacen en el patio, con las mochilas a cuestas. Es un trasiego que les obliga a llevar todo el material encima durante el día. “Es complicado desplazarnos tantos niños”, reflexiona.

Guadalupe con su mochila del instituto
La mirada de casa
Desde casa, Carmen, la madre de Guadalupe, observa la rutina de su hija con una mezcla de normalidad y preocupación. Cada mañana la ve salir con la mochila a la espalda y volver con la misma expresión de cansancio. “Va andando porque el instituto nos pilla cerca, pero llega quejándose de la cintura”, cuenta. El recorrido no es largo, apenas unos minutos, pero el peso convierte cualquier trayecto en un pequeño esfuerzo diario.
Comenta que no es un caso aislado. “Son más compañeras de clase las que se quejan de esto”, recuerda. Y aunque el problema parece menor, las familias lo viven de cerca. En el CEIP Trinidad Martínez, el antiguo colegio de Guadalupe, el AMPA y el Consejo Escolar se han reunido para ofrecer soluciones a la Delegación. Plantean que los cursos de primero y segundo de la ESO puedan impartirse allí, evitando la masificación de los institutos y facilitando una transición más ligera para los alumnos. “Queremos lo mejor para los niños, tanto física como emocionalmente”, dice con ternura Carmen.
Lo que el cuerpo no olvida
La fisioterapeuta almeriense Pilar Pérez Guillén, de la clínica Cufisio, conoce bien los efectos que puede tener cargar cada día con más peso del recomendado. Explica que muchos niños y adolescentes adoptan posturas compensatorias para poder soportar la mochila: adelantan el cuerpo hacia delante, tensan el cuello y arquean la espalda. “A corto plazo puede parecer solo cansancio”, señala, “pero con el tiempo aparecen molestias cervicales o lumbares y en algunos casos desviaciones leves de columna”. También advierte de que el problema se agrava cuando el exceso de peso se combina con un calzado inadecuado o con la falta de actividad física.
Las recomendaciones, insiste, son sencillas pero importantes: el peso de la mochila no debería superar el 10 % del peso corporal del alumno —unos tres kilos para un niño de treinta—, los objetos más pesados deben colocarse junto a la espalda y las correas deben estar bien ajustadas y acolchadas. “Usar siempre las dos asas y llevar la mochila alta, bien pegada al cuerpo, ayuda a repartir la carga”, apunta. Y añade un consejo final que va más allá del aula: “Fomentar el ejercicio y los buenos hábitos posturales desde pequeños es la mejor prevención”.
La voz que escribió una carta
Guadalupe no pretendía abrir un debate, solo cumplir con un ejercicio de clase. Pero su carta acabó llamando la atención precisamente por su sencillez. En ella no hay reproches ni exigencias, solo la mirada de una alumna que observa su día a día con lógica y un punto de sentido común. “Pensé en escribir sobre algo que nadie comenta y que nos pasa a todos”, explica con sinceridad. Y lo consiguió: poner palabras a una rutina que muchos viven en silencio.
Su historia recuerda que, a veces, los temas más pequeños son los que mejor describen cómo funciona una escuela. Entre horarios, aulas compartidas y mochilas llenas, la carta de una niña de doce años bastó para recordarlo: también en los detalles cotidianos se esconden las cosas importantes.
Desde entonces, la mochila de Guadalupe sigue pesando lo mismo, pero quizá la mirada sobre ella haya cambiado. Lo que empezó como una tarea escolar se ha convertido en una forma de detenerse a pensar en lo habitual, en lo que se repite sin que nadie lo cuestione. Y en esa pausa, breve pero honesta, hay también una lección: la de aprender a mirar el día a día con otros ojos.