Sara González: la instructora de buceo y artista que casi se queda ciega, pero volvió al mar
Entre hilos, ballenas y burbujas en el Cabo de Gata aprendió que a veces hay que hundirse para volver a respirar

Sara González.
Sara González (Madrid, 1979) sonríe al otro lado de la pantalla a simple vista podía ser una bohemia más que venden artesanía en Rodalquilar. Pero su historia se remonta a las olas del mar, azules como su cresta, a cambiar un ajetreado taller de moda en Madrid por el Mediterráneo, a empezar de nuevo por salud. Perdió la visión en su ojo izquierdo, tuvo que dejar su amada profesión como instructora de buceo y volver a vivir con su madre, porque la vida no le daba para más. Ahora viaja y pinta ballenas en un proyecto transatlántico. Una historia de superación y arte.
Empezaste en el mundo de la moda. ¿Cómo era aquella vida antes de que el mar apareciera?
Estudié Bellas Artes en al Complutense de Madrid y siempre he sido muy artista (@sarasileneart). Tenía mi propia marca de ropa y exportaba a Alemania, Francia, Italia… Pero, aunque me iba bien, me faltaba algo. Sentía que me estaba alejando de la naturaleza, que siempre había sido mi refugio. Cuando descubrí el buceo, sentí que había encontrado mi lugar. Fue como subir montañas, pero hacia abajo.
Hiciste una ruptura total. ¿Qué te empujó a dejarlo todo?
Mi padre enfermó de cáncer de pulmón. Él fue mi compañero de montaña desde pequeña con él hice mis primeros 3000 metros. Él me animó a cambiarlo todo. Dejé la marca, los encargos, los viajes y me fui a Rodalquilar con lo puesto.
¿Qué significa para ti “arriesgar”?
Significa atreverse a seguir la pasión, aunque dé miedo. El miedo siempre está, pero hay que lanzarse igual. No existe el momento perfecto. La vida se escapa si esperas demasiado.
¿Cómo fue instalarte en un lugar tan pequeño como Rodalquilar?
Fue precioso. En invierno éramos unas ochenta personas, así que acabas conociendo a todo el mundo. Yo soy bastante introvertida, pero allí aprendí a abrirme. La gente era muy peculiar, artistas, montañeros, locos maravillosos.
De la moda al mar, y del mar al ganchillo. ¿Cómo llegaste a tus medusas?
En Rodalquilar una mujer daba clases de ganchillo y me apunté. Me fascinó. Lo descubrí como una técnica escultórica: construyes volúmenes con hilo, formas que luego puedes pintar. Es como esculpir con suavidad. Me pongo unas gafas que llevan una lupas enorme y tejo hasta que me canso, además es mucho de tacto.
Pero tu vida dio otro giro con la pérdida de visión…
Sí. Soy diabética desde los doce años y durante la pandemia empecé a perder visión. Me diagnosticaron retinopatía diabética. En el ojo izquierdo no veo nada; en el derecho, muy poco. Ya no podía trabajar en el mar, así que solicité la incapacidad permanente. Fue durísimo. Tres años de inyecciones en los ojos, de miedo, pensaba: “¿Qué va a ser de mí?”.
¿Cómo se digiere algo así?
Al principio fue devastador. Pedí ayuda psiquiátrica. Luego, el yoga, la meditación, el arte… empecé a transformar la pérdida en otra forma de ver. No con los ojos, sino con la atención. Descubrí que el cerebro se adapta: ahora ignoro las manchas que veo flotando. Aprendí a ver de otra manera.
¿Cómo fue volver a bucear después de que te dijeran que no podrías?
Fue mágico. Como si no hubiera pasado el tiempo. Me puse el equipo y todo encajó. Estuvimos dos horas bajo el agua, a poca profundidad. Cuando salí, lloré de alegría. Fue el “puedo” más poderoso de mi vida.
Hablas con una serenidad enorme, pero intuyo que el proceso no fue fácil.
No, los dos primeros años fueron muy oscuros. Mi cuerpo había cambiado: de levantar botellas y anclas cada día, pasé a no poder conducir ni pintar en pequeño. Sentía que estaba en el cuerpo de otra persona. Pero poco a poco, con terapia y meditación, fui encajando. La clave fue dejar de resistirme.
¿Qué papel tiene ahora el arte en tu vida?
Total. Pinto murales grandes, hago esculturas de hilo, colaboro con artistas. Uno de ellos, un pintor de Virginia, Twisted Parrot, que también tuvo problemas de visión, me contactó por Facebook. Él me envía tablas encontradas en el mar que ha pintado, como esta de una ballena y su cría, después yo las intervengo. Es un proyecto para ayudar a la protección de las ballenas.
¿Y has visto ballenas de verdad?
Sí. En Cabo de Gata, justo al año de la muerte de mi padre. Iba en un barco de buceo, y de pronto, en el horizonte, vi una fuente de agua. Eran tres ballenas, dos adultas y una cría. Navegamos con ellas media hora. Su respiración retumbaba toda la embarcación.
¿Qué has aprendido de todo este viaje?
Que la enfermedad no te define. Es una parte de ti, no tu identidad. Que el tiempo es un regalo y que no hay que esperar al momento perfecto. Que a veces hay que bajar muy hondo para volver a subir, como en el buceo. Y que mientras respiras, todo es posible.
¿Y qué te gustaría hacer ahora?
Viajar, seguir buceando, seguir creando. Este mes me voy a Santa Pola a un evento de buceo. Quiero seguir conectada al mar, aunque lo vea de otra forma.