La Voz de Almeria

Níjar

Chloé Van der Mije, la escultora que moldea el Cabo de Gata con sus manos

Nacida entre pinceles, hornos y pigmentos, transforma el barro, el paisaje y la emoción en obras que respiran libertad

Una de las esculturas de Chloé Van der Mije y, al lado, ella preparando otra obra

Una de las esculturas de Chloé Van der Mije y, al lado, ella preparando otra obraChloé Van der Mije

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Las manos modelan la masa. Una bola irregular de barro, aún sin nombre, espera su destino. Aunque parezca inerte, pronto será algo vivo: una escultura, un cuenco, un pendiente. Una pieza que guarda dentro una emoción. Una historia. Un gesto. Una intuición. Así trabaja Chloé Van der Mije, escultora afincada en Níjar e hija de la artista suiza Sophie Cuendet, con quien compartió más que un taller. 

Desde niña, el arte formó parte de su vida cotidiana: los hornos encendidos, las mesas llenas de pigmentos, las paredes cubiertas de obra en proceso. “Si me apetecía tocar arcilla o pintar con acuarela, solo tenía que sentarme. Era mi forma de expresarme antes incluso de poder hablar”. El arte no fue una elección. Fue, simplemente, su manera de habitar el mundo.

Un estilo sin etiquetas

Chloé no se ciñe a una sola disciplina. Pasa del grabado a la plata, del torno a la acuarela, de la joyería a la escultura. Explora sin miedo ni método fijo. “Me enseñaron a disfrutar de lo que haces. A crear cosas que salgan de ti. No solo para vender”.

Cuando una técnica se convierte en rutina, se detiene. Cambia de rumbo. “Si algo se vuelve repetitivo, pierde alma. Entonces paro. Y empiezo otra cosa”. Por eso prefiere definirse como aprendiz de todo, maestra de nada. Aunque en realidad es todo lo contrario: alguien que investiga, prueba y se reinventa con cada pieza.

El barro es, quizá, su materia más fiel. Por su fisicidad, por su cercanía. “Me conecta. Me gusta esa mezcla de sensaciones: modelar, dibujar antes, encender el horno, abrirlo después y no saber del todo qué vas a encontrar. A veces una pieza rota. A veces una joya”.

Chloé Van der Mije en L' Atelier Níjar

Chloé Van der Mije en L' Atelier NíjarChloé Van der Mije

La intuición como guía

Su proceso es puro impulso, una combinación de intuición, curiosidad y emoción. Empezó modelando en casa, sin técnicas académicas, casi como un juego. Tenía arcilla a mano, papeles, acuarelas. Y libertad para experimentar. Más tarde, tras estudiar en Altea, descubrió el torno y se enamoró de la cerámica. Aprendió de forma más estructurada con el ceramista Baldomero García, pero sin perder su manera libre de crear.

Chloé Van der Mije al lado de su madre, en una fotografía tomada de su perfil de Instagram

Chloé Van der Mije al lado de su madre, en una fotografía tomada de su perfil de InstagramChloé Van der Mije

Le encanta equivocarse, salirse del guion, sorprenderse con lo no planeado. “A veces algo sale mal y de ahí aparece otra cosa. Como una mancha de café que se transforma en algo bonito”. Para ella, el error no es un fallo, es parte del proceso. A veces, incluso, es el inicio de algo mejor.

Compartir un taller con mamá

Durante años, madre e hija compartieron taller, ideas y barro. Fue en ese entorno común donde L’ Atelier Níjar se convirtió en un punto de encuentro para artistas, curiosos y procesos creativos. En el espacio de la calle Andalucía —con el taller abajo y la galería arriba— se han organizado decenas de exposiciones colectivas, homenajes y encuentros que han dejado huella en Níjar.

“Trabajar con mi madre fue increíble. Aprendimos mucho la una de la otra, respetando nuestras formas de ser. Incluso nos dejábamos obras a medio hacer para que la otra las terminara. Era como una conversación sin palabras”. En el Atelier, juntas han plasmado una manera de entender el arte como diálogo. A menudo partían de un tema —como el homenaje a las chumberas— y cada artista creaba su propia interpretación. Lo importante no era el resultado, sino lo compartido en el proceso.

El paisaje como materia

Y en ese proceso, el entorno no es solo una influencia: es una materia más. El paisaje almeriense —áspero, luminoso, salvaje— se cuela en sus formas, en sus colores, en sus silencios. “Las montañas aquí no son bloques. Son cuerpos que entran y salen. Tienen curvas, pliegues, volúmenes que inspiran. Las playas, aunque a veces parezcan duras o secas, cuando llegan las olas se vuelven suaves, casi acariciables”.

Su trabajo, muchas veces, parte de esa observación: la erosión del viento, la rugosidad de la tierra, el movimiento del agua. “Pinto mucho el fondo del mar. Es donde me apetece estar. Donde siento que todo se mueve distinto, sin ruido”. En sus manos, el paisaje se convierte en gesto, en textura, en una forma de estar sin decirlo todo. Y de contarlo sin necesidad de palabras.

Una de las esculturas femeninas de Chloé Van der Mije

Una de las esculturas femeninas de Chloé Van der MijeChloé Van der Mije

Siempre algo entre manos

Chloé trabaja con lo que tiene a mano: pigmentos, metales, arcilla, papeles. Pero también con el cuerpo, con la entrega física que exige modelar una gran pieza desde cero. “Cada invierno intento hacer al menos una obra grande. Algo que me obligue a mancharme, a cansarme. Sentir que hay entrega”.

Esa entrega es lo que une todas sus creaciones, desde un pendiente mínimo hasta una escultura de barro que ocupa una mesa entera. No busca repetir ni perfeccionar una técnica, sino dejarse llevar por lo que le pide el momento. Cuando un camino se agota, cambia. No por moda, sino por necesidad.

Vivir para crear

Reconoce que ser autónoma es complicado —una mezcla de artista, gestora, comercial y 'community manager' todo en uno—, pero se queda con lo esencial: la libertad. La posibilidad de vivir de lo que ama. “Mientras tenga ideas, seguiré. El día que deje de disfrutarlo, lo dejaré”.

Pero ese día todavía no parece cerca. Las manos siguen activas. Como siempre. El taller sigue lleno. Como lo dejó su madre. Y el horno continúa encendido, esperando cocer la próxima pieza. 

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