La ferretería más antigua de Las Norias: 50 años entre tornillos y maquinaria agrícola
Javier Fernández Marín es el actual dueño tras recoger el legado de José García Ibáñez y Anita Villegas Cerezuela

Javier en el centro de la imagen junto a su empleado Daniel en la izquierda y su mujer Margarita a la derecha.
En Las Norias, una pedanía de El Ejido, hay un lugar donde el tiempo parece tener otro ritmo. La puerta se abre y se cierra sin descanso, mientras los vecinos entran con la misma naturalidad con la que saludarían a un amigo.
Entre cubos, poleas y maquinaria agrícola, se escuchaban frases que se repetían a lo largo del día: “Buenos días, Javier. Dame 3 en 1 que tengo la puerta oxidada”, dijo un vecino mientras colocaba la cartera sobre el mostrador. “Javier, dame unas pilas”, añadió otro, con la confianza de quien sabía que allí siempre encontraría lo que buscaba. “¿Tienes chalecos para el trabajo?”, preguntó un tercero, y antes de que Javier respondiera, otro cliente comentó: “Hombre Javier, ¡me alegro de verte! ¿Desde hace cuánto nos conocemos? Madremía… igual 30 años. Y todavía conservo el primer congelador que me vendiste”.

Javier de Ferretería Marín atendiendo a uno de sus clientes.
Javier respondía entre risas: “Vendiendo cosas tan buenas no hago yo negocio, eh”, comentó mientras colocaba los productos y explicó con su característico humor: “Lo bueno de este trabajo es que lo que vendemos no se caduca. Mira, tengo maquinaria de 1992… ¡y todavía funciona!”
Así se respira en el número 181 de la Carretera de la Mojonera en Las Norias, allí sobrevive uno de esos negocios de antaño que se están perdiendo, una histórica ferretería que lleva más de 50 años dando servicio a gente de paso y oriundos.
De aprendiz a dueño
Javier Fernández Marín no solo es el responsable de la ferretería más antigua del pueblo, también es un defensor férreo de su tierra. “Yo no cambiaría Las Norias por nada, aquí se vive muy bien, no me imaginaba un mejor sitio para vivir”, aseguró con orgullo. El almeriense llegó a Las Norias con apenas tres meses, cuando su padre recibió una casa del Estado con parcela para cultivar.

Javier en el centro de la imagen junto a su empleado Daniel en la izquierda y su mujer Margarita a la derecha.
Con los años, y debido a alergias que le impedían trabajar en el campo, se acercó a la ferretería de José García Ibáñez y Anita Villegas Cerezuela y como por un golpe del destino, esa ferretería se convirtió en su vida.
“Empecé con 16 años. José y Anita me trataron como un hijo. Comía en su casa, aprendí todo y me enseñaron lo que sé. Para mí fueron como una familia”, recordó Javier.
Cuando los dueños se jubilaron y sus hijos no quisieron continuar con el negocio, Javier asumió la ferretería. Con apenas 24 años se metió en el banco y compró el local en el año 2000. “Y desde entonces estuvimos aquí, dándole que te pego”, dijo entre risas.
“La ferretería abrió sus puertas en 1976, así que son más de 50 años de historia. Lo que empezó como un trabajo para mí, se ha convertido en un oficio que ha definido mi vida”, añadió, mientras revisaba estantes llenos de tornillos, cadenas y herramientas que parecían no tener fin.
Donde nadie se siente solo
El trasiego en Ferretería Marín es constante: agricultores, albañiles, fontaneros y vecinos entran y salen sin pausa. Pero no todos vienen a comprar. Algunos solo quieren charlar, compartir un problema o un recuerdo.
Margarita, la mujer de Javier, explicó con una sonrisa: “Hay vecinos que vienen solo a sentarse en la silla junto al mostrador y charlar un rato. Después de hablar con él, casi siempre acababan llevándose algo, pero lo importante es la conversación. Javier tiene un don con la gente, y eso hacía que todos se sintieran bienvenidos”.
Javier confirmó lo mismo, “a mí me encanta el trato con la gente. Son muy buenas personas, y es bonito sentir que confían en ti. A veces me llamaban por teléfono solo para hablar de su día, y no por comprar nada. Eso no tiene precio”, dijo sonriendo.
Un oficio que no se improvisa
Ahora, la historia se repite: Javier y Margarita tienen dos hijos de 8 y 11 años y no daban a basto en la ferretería. Así llegó Dani a sus vidas, el empleado de confianza de Javier, que lleva 15 años aprendiendo el oficio. “Al principio no sabía nada. Nada, cero. Aquí se aprendía a identificar cada tornillo, cada medida, cada herramienta. Era complicado, pero también muy gratificante”, explicó Dani.

La histórica ferretería Marín.
Javier añadió que “la mayoría de la gente no sabe exactamente lo que quiere cuando llega a la ferretería. Entonces hay que adivinar, enseñar, explicar cómo se usaba cada cosa. Es lo bonito de este trabajo: uno aprende con cada cliente, y ellos también aprenden de ti”.
Incluso las herramientas más raras o antiguas tenían su lugar en la ferretería. “Recuerdo que llegamos a tener unos guantes especiales para cortar melones, eran un guante con dos cuchillas en los dedos. Aunque eso no triunfó mucho... La gente se sorprende de que conservase estas cosas, pero yo las guardo por si alguna vez las necesito”, comentó Javier entre risas.
Un legado que perdura
El respeto y cariño por los antiguos dueños sigue vivo en cada estante. “José García y Anita Villegas me dieron su confianza, su negocio y su oficio. Me enseñaron todo y me trataron como a un hijo. Ahora yo intento hacer lo mismo con Dani y con cualquier joven que quisiera aprender”, recordó Javier, que aseguró que estaría dispuesto a contratar a dos jóvenes más, pero aún no encuentran a alguien que quiera asumir toda esa responsabilidad y conocimientos.
Los clientes también notan esa continuidad. Muchos llevaban décadas entrando a la ferretería, y algunos todavía recordaban cómo compraban sus primeras herramientas allí. “Confiamos en ellos porque saben lo que hacen y no nos engañan”, comentó un vecino mientras observaba cómo Javier preparaba un pedido de maquinaria agrícola.
Las Norias a través de una ferretería
La ferretería es, en realidad, mucho más que un negocio: es un lugar donde los vecinos entran con un problema y salen con una solución… y muchas veces también con una conversación. Cada tornillo, cada cubo y cada máquina vendida lleva consigo más de medio siglo de historias, risas y confianza.
“Lo más bonito es ver que la gente vuelve. Que confían en ti, no solo por lo que vendes, sino por cómo los tratas”, explicó Javier. Y mientras hablaba, la puerta volvía a abrirse. Entró otro vecino. “Javier, ¿tienes un tornillo de los de siempre?”, preguntó. Javier sonrió, se giró casi sin mirar y empezó a rebuscar entre los cajones, como ha hecho toda la vida.
Porque en esta ferretería no solo se venden cosas. Allí se ayuda a arreglar o confeccionar puertas, invernaderos… y, a veces, hasta los días. Y así, entre idas y venidas, entre saludos y encargos, la historia seguirá sumando años sin hacer ruido, como si el tiempo, dentro de esas paredes, hubiera decidido quedarse un poco más.