La Voz de Almeria

Adra

Las cuatro vecinas de Adra que han cambiado la jubilación por las pesas: "El gimnasio nos ha cambiado la vida"

Matilde, Encarna, Rosario y María Dolores entrenan dos días por semana y se han convertido en todo un ejemplo a seguir para sus vecinos

Matilde, Encarna, Rosario y María Dolores junto a su monitor de gimnasio Adrián.

Matilde, Encarna, Rosario y María Dolores junto a su monitor de gimnasio Adrián.Marina Ginés

Marina Ginés
Publicado por

Creado:

Actualizado:

Las pesas suben y bajan al ritmo que marca Adrián. "¡Muy bien, una más!", anima mientras corrige una postura y recibe una respuesta entre risas. En un rincón del gimnasio, Matilde Payán, de 73 años, levanta una mancuerna de diez kilos. A pocos metros, su hermana Encarna, de 69, se incorpora del suelo después de completar otra serie de ejercicios. Rosario termina una tanda en una máquina y María Dolores espera su turno sin dejar de bromear con sus compañeras.

La escena se repite cada martes y jueves en 'Sano La Curva', pero para quien entra por primera vez en el gimnasio resulta difícil no quedarse con la boca abierta. Cuesta creer que estas cuatro mujeres de 73, 69 y 67 años llegaron hasta allí porque apenas podían agacharse, levantarse del suelo o moverse con soltura. Hoy hacen flexiones, entrenan fuerza, trabajan con barras, pesas y máquinas y, sobre todo, disfrutan de una energía que ellas mismas creían perdida.

Parte del grupo realizando ejercicios.

Parte del grupo realizando ejercicios.Marina Ginés

No entrenan para presumir de músculo ni para competir con nadie. Lo hacen para seguir siendo independientes, para subir unas escaleras sin miedo, cargar la compra, jugar con sus nietos o simplemente levantarse del sofá sin ayuda. Y, casi sin darse cuenta, se han convertido en las auténticas protagonistas del gimnasio. Compañeros y monitores hablan de ellas con admiración porque representan a la perfección que nunca es tarde para empezar y que la edad solo pone límites cuando uno deja de intentarlo.

Cuatro caminos diferentes hacia una misma meta

Las cuatro llegaron por caminos muy distintos. Matilde Payán, la mayor del grupo, se apuntó tras una operación de hombro. Comenzó entrenando en un gimnasio de El Ejido por recomendación médica, pero cuando abrió Sano La Curva decidió cambiarse porque allí entrenaba toda su familia. "Empezaron a venir mis nietos, mi hijo y mi nuera, y me dijeron: 'Mamá, vente para acá'", recuerda con una sonrisa. Desde entonces no ha faltado a su cita con el gimnasio y asegura que la experiencia "ha sido fabulosa". "Lo primero y principal son los entrenadores que tenemos. Me gusta mucho la compañía, la unión que tenemos y me gusta mucho la gimnasia", afirma.

Parte del grupo realizando ejercicios.

Parte del grupo realizando ejercicios.Marina Ginés

Su hermana, Encarna Payán Rodríguez, llegó por un motivo muy diferente. Después de 35 años trabajando en un almacén, el cuerpo empezó a pasarle factura. "Yo ni podía agacharme", recuerda. Fue el médico quien le recomendó empezar a hacer ejercicio, aunque reconoce que los primeros días no fueron fáciles. "No me podía subir al cajón y el primer día me caí". Sin embargo, nunca pensó en abandonar. "Los monitores siempre estaban pendientes de mí. Juanma (uno de los monitores) me decía: 'Súbete, súbete', y se ponía detrás por si me caía". Aquella confianza hizo que un día se dijera a sí misma la frase que hoy resume su forma de afrontar la vida: "¿Y por qué yo no voy a poder?"

Las hermanas Payán: un ejemplo de superación

A pocos metros de Matilde entrena su hermana, Encarna Payán Rodríguez, de 69 años. Durante 35 años trabajó en un almacén, un esfuerzo físico que terminó pasándole factura.

"Yo ni podía agacharme, tenía la espalda recta no podía moverme", recuerda. Fue el médico quien le recomendó empezar a entrenar, aunque reconoce que los primeros días no fueron nada fáciles. "No me podía subir al cajón y el primer día me caí."

Parte del grupo realizando ejercicios.

Parte del grupo realizando ejercicios.La Voz

Muchos habrían abandonado. Ella no. "Desde el primer día me animé. Los monitores siempre estaban ayudándome. Juanma me decía: 'Súbete, súbete', y se ponía detrás por si me caía." Aquella confianza hizo que cambiara su forma de pensar.  Hoy hace ejercicios en el suelo, levanta pesas y completa entrenamientos que hace apenas un año parecían impensables.

Adrián todavía recuerda aquella evolución. "Encarna era la misma que me decía: 'Adri, es que antes no me podía tirar al suelo'. Ahora hace los ejercicios allí con total normalidad. En poco más de un año la diferencia ha sido abismal."

Las hermanas se animan, se corrigen y se ríen continuamente. Basta observarlas unos minutos para entender que el gimnasio también les ha regalado algo que no aparece en ninguna máquina: tiempo de calidad para ellas, para divertirse.

"Cuando llego a casa tengo otra energía"

La historia de Rosario Lozano, de 67 años, comenzó por culpa —o gracias— a la insistencia de su hija. "Me decía: 'Mamá, que no te puedes mover'", recuerda entre risas. Y tenía razón. "Estaba que no podía moverme."

Terminó apuntándose y reconoce que, cuando llegó, "prácticamente no podía hacer nada". Hoy entrena dos días por semana. "Con más trabajo o con menos, hago todo lo que me mandan." Sin embargo, cuando habla del gimnasio no presume de fuerza. Prefiere hablar de cómo se siente. "Cuando llego a mi casa tengo otra energía diferente. Me despejo, salgo con otra fuerza."

Parte del grupo realizando ejercicios.

Parte del grupo realizando ejercicios.Marina Ginés

A su lado, María Dolores, también de 67 años, asiente mientras escucha a su compañera. Ella llegó porque el entusiasmo del grupo terminó siendo contagioso. "Nos apuntamos todas", cuenta divertida. Los resultados tampoco tardaron en aparecer. "Al mes ya noté la diferencia."

Cuando se le pregunta qué es lo que más le gusta del gimnasio responde sin pensarlo: "Todo". Después sonríe y mira a sus compañeras. "Bueno... sobre todo estar con ellas y encontrarme más fuerte."

Mucho más que levantar pesas

Mientras ellas descansan entre ejercicio y ejercicio, Adrián (su monitor) explica que esta clase nació porque fueron las propias mujeres quienes empezaron a preguntar si podían entrenar juntas. "Se fueron animando unas a otras y decidimos reservar una hora para ellas." Hoy forman una pequeña familia.

Parte del grupo realizando ejercicios.

Parte del grupo realizando ejercicios.Marina Ginés

El monitor insiste en que el objetivo nunca ha sido el aspecto físico. "Mucha gente piensa que el entrenamiento de fuerza consiste en levantar mucho peso o que está pensado solo para gente joven. Y no tiene nada que ver con eso." Lo realmente importante, explica, es lo que esa fuerza permite hacer después.

"Gracias a ella pueden levantarse de una silla sin apoyarse, subir unas escaleras, cargar la compra, agacharse para coger algo del suelo o jugar con sus nietos. Al final hablamos de autonomía, de independencia y de calidad de vida."

Recuerda que con el paso de los años todas las personas pierden masa muscular de forma natural y que el entrenamiento de fuerza es la mejor herramienta para frenar ese proceso.

"No buscamos crear deportistas. Buscamos que las personas lleguen a los 70, 80 o incluso 90 años disfrutando de su vida y sin depender de nadie." Y señala discretamente hacia ellas. "Son el mejor ejemplo."

Las mujeres todoterreno de La Curva

La sesión termina como empezó: entre risas. Una recoge las mancuernas mientras otra comenta el ejercicio que más le ha costado. Matilde bromea con Adrián sobre los kilos que ya levanta, Encarna vuelve a animar a Rosario y María Dolores se despide hasta el siguiente entrenamiento. Entre ellas se percibe una complicidad que va mucho más allá de compartir una hora de ejercicio dos veces por semana.

En Sano La Curva ya nadie las conoce solo por su nombre. Son el orgullo del gimnasio. Sus compañeros las miran con admiración, los monitores presumen de ellas y cualquiera que las vea entrenar por primera vez termina quedándose con la boca abierta.

Ellas, sin embargo, le quitan importancia. Dicen que simplemente vienen al gimnasio dos días por semana. Pero quienes las conocen saben que hacen mucho más que eso. Matilde, Encarna, Rosario y María Dolores han demostrado que la jubilación no era el final de nada, sino el comienzo de una etapa en la que todavía quedaban muchos retos por cumplir.

Porque la fuerza no siempre se mide en los kilos que uno levanta. A veces se mide en la valentía de empezar de cero, en la constancia para no rendirse y en las ganas de seguir disfrutando de la vida. Y de eso, las cuatro vecinas de Adra saben un rato. No es casualidad que en el gimnasio todos las definan exactamente igual: Son unas auténticas mujeres todoterreno.

tracking