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La última de su generación en San José

La última de su generación en San José

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Josefa nació en 1939 en El Barranquete y lleva 54 años viviendo en San José. Antes no había allí más que hierba. Las casas que había eran con cañas, “ni una chispa de luz” eléctrica. San José no tenía nada a la entrada. El primer chalé que se hizo fue ‘el Cabezo’, ”en el que se ahorcó el sargento, y los que estaban trabajando allí se lo encontraron y perdieron el día de trabajo”, recuerda porque entre ellos estaba su marido, ya fallecido.


“San José estaba muerto y el primer barecillo era de María Picón. La barra era con cajas de pescado. Tenía una garrafa de vino, una de aguardiente, … Lo vendía por cuartas, medios y litro” y comían cuando podían de lo que llevaban las traíñas. “Aquí se pasó muy mal”, dice, y la llegada del turismo fue la que “espabiló San José, comenzó la construcción de los chalés, mucha gente pudo vivir del alquiler de apartamentos”.


Josefa reconoce  sin reparos que ha pasado mucha hambre, que comió “muchos hierbajos”. “Los guisábamos con dos o tres caracolillos y un poquillo de arroz. Eso con suerte. Mi madre hacía tres veces migas: para desayunar, para el almuerzo, y,  para la cena, hacía una sopa con hierbajos  y, como no teníamos pan, la acompañábamos con las migas y con eso en el cuerpo nos acostábamos”, relata. Del baúl de los recuerdos también sacó retazos de cómo las tortas de panizo “salían más negras que el tizón”, ahumadas con la leña que usaban para cocinar; o de que los críos vestían con los “trapillos” que se encontraban por ahí.


Vivió con sus padres hasta que se casó, con 19 años.  “Me casé para que me dieran de comer, para que mi marido me mantuviera”, dice mirando fijamente a los ojos. De sus padres lo recuerda todo.  Su marido con 17 años se iba a la almadraba y se quedaba con una parte del pescado para poder comer. “Con 30 años se metió en los correos de Almería-Melilla; Málaga-Melilla en el barco, de marinero y estuvo trayendo gente del Sáhara”, refiere, para decir que lo veía cada nueve meses.


“El se iba, estaba nueve meses fuera; traía 13.000 pesetas y nos apañábamos. Yo estaba en mi casa con 20 años no llegaría y mi madre me daba la harina para las migas. Así subsistíamos.  Ahora, sin embargo, el que no tiene trabajo...  yo he sacado a mis cuatro hijos adelante sola y paría sola en mi casa”, recuerda.


Dice que “ahora son malos tiempos”. “Pero los de antes como no habíamos conocido nada bueno, nos lo tomábamos todo bien. Si me comía un chumbo o un higo, ya estaba contenta. Ahora al tenerlo todo y de pronto faltar el sustento, es muy duro. Yo con 14 años ya segaba de sol a sol, cogiendo leña de El Barranquete, descalzos, sin comer y sin beber ni gota de agua. Ahora como ha habido de todo...”, razona en voz alta, antes de decir que ella “aunque sea con un trozo de pan y una mijilla de aceite” se apaña, pero que sus hijos no cree que pudieran.


Educó a sus hijos para que fueran “lo mejor que hubiera en el pueblo” y “todo el mundo habla maravillas. Si nos mira alguien de aquí de San José es por los apellidos que llevamos. Nos conoce todo el mundo”, cuenta. Y precisamente por eso, porque la conoce todo el mundo, “los viejos” la  “besan”. “A mí me da rabia que me besen sin conocerlos, porque yo no conozco a nadie ya”, dice medio ofendida.


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