De monje americano a guiri roquetero por amor
El Camino de Santiago unió sus caminos poco después el religioso colgó los hábitos

Christopher Hanson.
Un monje benedictino procedente de Los Estados Unidos caminaba por el Camino de Santiago en 2004 cuando se cruzó con una peregrina roquetera. La mujer preguntó en un inglés más o menos entendible: “¿Cuál es tu propósito?”. El hombre no supo qué responder, pero colgó el hábito y cruzó el Atlántico para reencontrarse con la mujer que había conquistado su corazón.
Esta es la historia de Christopher Hanson, ese guirufo color gambón durante la época estival que me enseñó a hablar inglés a base de repetir sin pensar y con entusiasmo. Hanson había sido mi profesor de inglés, solo lo conocía al otro lado del atril, pocos más rasgos de su carácter que sus gestos exagerados, su pasión por las capacidades del lenguaje y un humor bastante peculiar. En un día especialmente caluroso durante una de sus lecciones el estadounidense preguntó: “¿dónde vive el demonio?”, los alumnos nos miramos extrañados, entonces contestó: “en Almería” mientras bailaba como si estuviera ardiendo en llamas. Toda la clase rompió a reír.
Aquella misma aula donde sucedió la escena cómica años atrás llena de tomos del método Callan, custodiada por un mapa del mundo, una pizarra blanca y pinturas de nativos americanos fue el escenario elegido para nuestro encuentro. La primera pregunta era sencilla: “¿Christopher, a qué te dedicabas en Estados Unidos?”. Entonces él me desafió a adivinar. Tienes la Piedra Roseta, hablas griego y latín, eres católico... eras monje”. Desde el otro lado de la mesa el profesor de inglés abrió los ojos con sorpresa porque mi deducción era acertada. “¿Y entonces cómo acabaste en Roquetas de Mar?”, continué con el interrogatorio. Hanson entrelazó sus manos sobre la mesa, bajó un poco la cabeza para mirar sobre sus lentes y con gesto serio dijo: por una botella de pacharán”.
Tras reponerme al ataque de risa, el estadounidense profundizó en cómo había conocido a quien hoy es su compañera de vida durante su peregrinaje por el santo camino. Solo llevaba unos días de pateo cuando junto a unos compañeros probó el pacharáne con resultado insatisfactorio. Levantó su pelo rubio en medio del comedor del albergue y ofreció la botella a los demás comensales, una mano aceptó el ofrecimiento con mucho gusto. Elena, la mujer que cambió la vida del protagonista, formaba parte de ese grupo, pero no intercambiaron muchas más palabras. Al día siguiente cuando siguieron por la senda ella lanzó esa pregunta quizás sin mucha más intención que intercambiar unas cuantas palabras con el guiri.
Hanson tenía 40 años, había viajado a Chile, Egipto, Tierra Santa… pero una profunda inquietud había traspasado los muros del monasterio y le pesaba en el pecho. Así que decidió recorrer el camino espiritual al norte de España sin imaginar el giro que daría a su vida. La peregrina roquetera que se cruzó en su camino con aquella enigmática pregunta a cerca de su propósito de vida dejó al monje desubicado. Rumió esta reflexión todo el camino hasta que al final llegaron las respuestas, como los misterios de Fátima. El hombre católico al hueso dice que dejar la vida monástica fue una dación honorable, que no rechaza su fe.
En el año 2006 después de aquel primer encuentro con su futura pareja y tras dejar los hábitos, se instaló en Roquetas. La pareja ni siquiera había formalizado cuando por desgracias de la vida murió el padre de ella. Conocí a toda la familia en la funeraria Guillermo, hacía solo diez días que acababa de aterrizar”, dice Hanson. El hombre se las apañó como pudo con una americana de segunda mano y 45 palabras de español entre el sentimiento de pérdida y la impotencia de no poder comunicarse.
En cuanto al negocio, obtener la residencia, reflotar la academia después de la crisis del COVID 19, etc, hay historia para rato. El profesor tuvo que valerse de artimañas antes de obtener la residencia para entrar y salir del país cuando visitaba a su familia. Esos pequeños pecados para estirar el visado lo hacían sudar en la aduana. Tuvo que dar clases de inglés de tapadillo. Hasta que abrió su primera academia con todo en regla. Recuerda entre risas que les prometió a sus pupilos instalar el aire acondicionado si le pagaban por adelantado. El primer mes sudaron como pollos, pero cumplió su palabra. Muchos de esos sudorosos alumnos confían en él a día de hoy.