Claude Ngwe, el hombre que venció al desierto
Claude Ngwe, el hombre que venció al desierto
En África las profesiones no se eligen, te atrapan. La supervivencia aplasta a golpe de realidad las aspiraciones de muchos jóvenes de construir una vida digna apartada de la miseria, pero el tamaño de la empresa apaga demasiadas veces la luz del sueño. La vida es continuar, dar un paso más. A Claude la atrapó la carpintería.
Claude Alain Ngwe cumplió en junio 28 años. Se crió en Douala, la mayor ciudad de Camerún y el puerto más importante del país, salida al Atlántica para el mercado de la madera y el aluminio. Durante años se buscó un plato de comida entre serrín, lija y olor a cola fresca, pero las expectativas de una vida clavada a la incertidumbre del hambre, día a día, le llevó a emprender un viaje cuyas secuelas pueden discernirse todavía en el vidrio en unos ojos apagados.
Colgó la sierra de calar y el 10 de mayo de 2010 emprendió un viaje de más de 4.000 kilómetros desde Douala hasta Almería. Lo hizo a pie, cruzando las fronteras de cinco países. Su relato estremece desde la primera pregunta, que salta el guión y hace el propio entrevistado. “¿Quieres saber si murió gente? Pues sí, claro que murieron, muchos, los vi morir a mi lado en mitad del desierto, donde sólo te queda Dios”. Doce personas iniciaron la caravana, siete de ellos fallecieron en arenas del Sáhara.
Imágenes
Claude recuerda los pasajes con una dureza que asusta, apenas sonríe, tiene una mirada seca y eleva el tono desgarrado en el transcurso de su historia. Tiene una memoria privilegiada para momentos y fechas y guarda como un tesoro un teléfono móvil desconchado, lleno de arañazos, en cuya tarjeta se esconde una pequeño archivo fotográfico testigo privilegiado de dos años de viaje por el desierto.
Mira las imágenes, estampas de centros de detención en Argelia, la deportación de decenas de subsaharianos al desierto y el escondite de las montañas marroquíes. “Las fotos son para cuando escriba mi historia”, alega con rotundidad. Las repasa en la pantalla como quien quiere conservar el pasado para mirar de frente el futuro. La primera foto de su viaje retrata una mansión en obras en Camerún.
En la construcción de su propio mapa, Claude cruzó su primera frontera en Nigeria. Lo hizo todo a pie, buscando refugio y alimentos entre ciudades y poblados hallados en el camino y, en ocasiones, encontrando pequeños trabajos con los que obtener algún ingreso de subsistencia o la solidaridad de los vecinos. Tardó seis meses en atravesar suelo nigeriano.
La segunda frontera fue la de Níger, un país dominado completamente por territorio desértico, del Sahel al Sáhara, con dos tercios de la población por debajo del umbral de la pobreza. El grupo consiguió un camello, de silueta raquítica, para cargar algunos objetos personales, pero el recorrido fue paso a paso entre piedras y arena. “Caminábamos durante la noche porque el sol era muy fuerte. Cada uno tenía una botella de agua, si se te acababa no podías pedirle a los demás. Nos mojábamos los labios y seguíamos andando sin gastar todo el agua porque no sabíamos cuántos días íbamos a estar sin encontrar un pozo”.
Si caminar por el desierto fue una odisea, dormir, por así decirlo, se convirtió en un ruleta de peligros. “Hacíamos turnos de una hora, con guardias, para evitar a escorpiones y serpientes; si cogíamos una, nos la comíamos”. Cruzar Níger le costó cuatro meses.
La siguiente frontera tenía bandera argelina y la esperanza de ver el mar al