La Voz de Almeria

Opinión

A vueltas con el ¡Viva Cartagena!

“Evitar que personas con un cable pelado desempeñen cargos representativos supondría un avance significativo”

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Algo de lo que no habla nadie y que quizás debiera formar parte del largo listado de reformas necesarias para reconducir la pintoresca escena política española es el control psiquiátrico previo a los candidatos. Evitar que personas con un cable pelado desempeñen cargos representativos supondría un avance significativo y un seguro de tranquilidad colectiva. Pero por desgracia, vemos a menudo a cargos electos comportándose y diciendo cosas que, en el ámbito de la vida personal, nos harían recomendarle con todo cariño el paso por el sofá de un especialista. Uno de estos casos lo tenemos en el muy chispeante y jovial alcalde de Cartagena, José López, quien, aupado a la alcaldía desde uno de esos partiditos hechos a medida y gracias a esos famosos pactos post-electorales, acaba de proponer formalmente la separación de su ciudad de la Comunidad de Murcia y su integración en Alicante o Almería. Ya estamos otra vez con el ¡Viva Cartagena! y el esperpento histórico que tan bien retrató Ramón J. Sender en su “Mr. Witt en el Cantón”. Pero hay cosas que, por mucha risa que nos den, no debemos tomar a broma. El cantonalismo surge como reacción delirante al desbarre de aquella 1ª República voluntariosa e inviable, y que tuvo episodios tan escalofriantes como el bombardeo de Almería capital (30 de julio de 1873) por parte de las fragatas cartageneras “Almansa” y “Vitoria”, después de que ni Ayuntamiento ni Diputación accediesen a pagar a los sublevados los 100.000 duros que exigían como contribución a la lucha del cantón. Bonicos somos los almerienses para eso. En todo caso, seguimos a expensas de la reaparición de figuras como la de este alcalde sandunguero, que emulan a personajes como Antonete Gálvez, cabecilla real de un levantamiento que, aunque extravagante y folclórico, se saldó con un innecesario derramamiento de sangre al que, por cierto, no quiso contribuir el almeriense Nicolás Salmerón, negándose a firmar penas de muerte para los sublevados. Cuánta historia tenemos y qué poco la leemos.


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