La Voz de Almeria

Opinión

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Las calles del centro de Almería son de jueves a sábado como la Pamplona novelada por Hemingway en los cincuenta: gente en las calles, tabernas llenas, risas y música. Ganas de vivir y más ganas de beber. Y aunque aquí no hay encierros, ni liturgias de cuadrilla, sí que hay un tono vocinglero y reventón que ha acabado siendo sustrato de florecientes negocios. La calle es ahora territorio de terrazas. Reinos independientes de cañas con tapa, que conforman un mapa de diversión y encuentro que es seguido por gente que los recorre, los disfruta y luego se va. Pero nos olvidamos de los almerienses que no tienen más remedio que convivir con ese tránsito de estruendo y algarabía como banda sonora habitual de sus días y de sus noches. Y naturalmente, surge la eterna colisión de derechos que hace altamente improbable una salida satisfactoria para dos realidades enfrentadas: el derecho al descanso y el derecho a la diversión. Por muy escrupulosos que sean los empresarios a la hora de insonorizar locales o por muy vigilantes que estén las autoridades a la hora de hacer cumplir los horarios y aforos, hay algo que hace muy complicada cualquier posible solución: la erradicación del concepto “prójimo” de nuestras vidas. Poco a poco, hemos ido arrumbando en el rincón de lo obsoleto e innecesario la consideración hacia las demás, llegando a identificar en ocasiones la cortesía y el respeto por las personas como síntomas de debilidad. Y eso se traduce en que salimos a divertirnos a voces. Por tanto, el problema no son los bares, ni las terrazas, ni las normas. El problema es la gente. “El infierno son los otros”, escribió Sartre, otro gran amante de los bistrós y las terrazas. Mientras que no seamos capaces de pensar que nuestra diversión puede ser el padecimiento de otro, no habrá modo de evitar esta aparatosa colisión de circunstancias privadas.


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