La Voz de Almeria

Opinión

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No sé si a esta hora habrán conseguido regresar sanos y salvos todos los miembros de la animosa expedición ferroviario-reivindicativa que ayer somatizó en carne de Talgo la birriosa realidad ferroviaria que seguimos padeciendo en Almería, después de encadenar las inoperancias de diferentes gobiernos de PSOE y PP. Ignoro si algún viajero anda aún sumido en el negro agujero del letargo, o si deambula con un hacha en la mano buscando el árbol genealógico de las familias Goicoechea y Oriol para talar así la memoria del ingeniero y el financiero que alumbraron el tren articulado ligero en el que ayer invirtieron todo el día, para nada. 
De todos modos, el viaje puso de manifiesto que cuando la corriente dominante de la opinión pública almeriense toma el metrónomo, cualquier intento de síncopa o cambio de ritmo será considerado como algo abominable, o como un innecesario ejercicio de confrontación. Lo digo a cuenta de los recordatorios que se hicieron a los viajeros sobre otras necesidades de Almería, igualmente dolorosas y necesarias, pero para las cuales no hay coraje reclamador. Que la exigencia ferroviaria recaiga sobre el Gobierno del PP y las demás sobre la Junta del PSOE de Andalucía, supongo que no tendrá nada que ver. Los que protestan –con toda la razón- por nuestros pésimos servicios ferroviarios, sólo lo hacen llevados de su profundo amor por la justicia y por Almería. Ahora, no les pidas que alcen la voz exigiendo un –llámenme loco- necesario hospital materno infantil, la desaparición de las aulas prefabricadas o que acabe la rehabilitación de la Casa Consistorial prometida para 2005. No lo harán. Ayer decían que no tocaba. Me pregunto si hoy, un día nuevo y con un nuevo afán, escucharemos o leeremos alguna reflexión sobre los hospitales o los colegios de Almería. Y es que. como decía San Mateo, a cada día basta su propio mal.


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