Los dependientes
Donde con más virulencia asoma la pezuña el sistema que nos gobierna es en el de la dependencia. El dependiente es un ser anómalo que solo sirve para que lo lleven y lo traigan en silla de ruedas, le cambien la ropa y le limpien sus inmundicias íntimas. Decía un economista japonés que para que la economía vaya boyante es necesario que se mueran pronto todos los inútiles. Estos políticos conservadores, pasados por colegios concertados, aprendieron un día que no hay dinero para enfermos crónicos, para seres que no se pueden valer por sí mismos. De ahí que se acerquen, a veces, a la teoría inhumana pero rentable, del economista japonés. Según criterio de los bien enterados, el sistema de dependencia solo está diseñado para 750.000 personas. El resto hasta 1,2 millones que tienen derecho a ayuda deben arreglárselas como puedan. Los hay graves o severos, los hay también leves. Como no se pueden atender a todos, la lista de espera engorda como un monstruoso animal prehistórico y las previsiones presupuestarias para el año que viene, (alrededor de 75 millones), no alcanzan para cubrir necesidades. A juicio de importantes técnicos, habida cuenta del ritmo de incorporación de dependientes que lleva el sistema, se necesitarán 25 años para atender a los nuevos. Y aquí si que no hay tantos por ciento ni recuperación económica para que el gobierno cante cada mes las maravillas de su sistema social. Poner en la lista de espera a viejos de ochenta años cuando se hace más corto el tramo que va a la tumba que el que lleva al dispensario, no deja de ser una crueldad refinadísima. Me pregunto si cabe aquí el recorte alentado por las exigencias de Bruselas, porque lo cierto es que Rajoy ha recortado 1.400 millones en dependencia y se calcula que unos 100.000 dependientes mueren al año. Espectáculo digno de una película de ciencia-ficción. Hay que recordar como justificante, que estos enfermos dependientes sentaron las bases de nuestro Estado de bienestar y pagaron caras las escasas atenciones que hoy merecen. Por tanto, no hablamos de compasión sino de justicia.