Recital a la luz de las velas
“Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino”

Velas
La tarde era horrible, el aire caliente envolvía el ambiente. Las fosas nasales ardían, la boca y los labios se secaban al mínimo contacto. Eran las siete de la tarde y el recital comenzaba a las nueve. No hacía sol. La luz era gris, pero el infierno estaba en la calle. Previamente me había preparado los poemas que quería leer. La norma era uno propio y otro de un ilustre de la literatura española.
Renuncié a cualquier poema mío. Por casualidad una amiga me mandó un pequeño poema de Julio Rodríguez y me gustó. Lo encontré tan vivo y actual que me dije, he aquí uno de mis poemas a recitar. “A fin de cuentas” se titula. “Vivir es perdonarse la vida cada día. Toma el café tranquilo”.
Días más tarde un hijo me envía un mensaje con “Soledad” de Juan Ramón Jiménez. Me cuenta que lo ha escuchado recitar en radio clásica y se le han puesto los pelos de punta. Qué emoción. Yo también lo quiero recitar. Ya tengo los dos que me corresponden y lo comunico al organizador. Está de acuerdo. “¡Qué plenitud de soledad, mar solo!”.
Mientras llega la noche de las velas en la fuente de los cuatro caños una compañera me dice que “Ítaca”, del poeta griego Kaváfis, es su poema preferido y me manda una versión traducida por Pedro Bádenas de la Peña. Nada más leerlo me enamoro perdidamente del poema. Ya está, como es más extenso, este va a ser mi único poema a recitar. Leo sobre Ítaca, su significado metafórico y comprendo que es el poema que sintoniza con mi momento vital.
Necesito hacer un viaje, un viaje sin prisa. “Pide que el camino sea largo”. Un viaje espiritual, en silencio, atenta a todo lo que se suceda a mi alrededor. Paisaje, río, mar, montaña, árbol. Como escuché en La isla bonita, los árboles son raíces en el aire.
“Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino”.