Se va Soumia de Almería y hay que darle las gracias
La primera mujer cónsul de Marruecos se despide hoy de los almerienses en el Varadero después de dos año escuchando y tendiendo puentes

La cónsul general de Marruecos en Almería y Granada, Soumia El Fhati, vuelve a su país, después de nueve años.
Se va Soumia, casi sin decir adiós, como debe ser siempre que a alguien le cueste irse; se va la señora cónsul de Marruecos en Almería con la satisfacción, dicen los que la conocen, de haber tendido puentes: qué otra cosa es si no un cónsul que un viaducto entre culturas, un artesano en duermevela permanente por las buenas relaciones entre dos etnias tan diferentes que quizá no lo son tanto; se va esta mujer que vino hace mucho tiempo, que ha estado con nosotros mucho tiempo -casi nueve años en sus distintas responsabilidades- y que uno intuye que se va llorando, como todo el que llega y se marcha de Almería, con las lágrimas con las que se marcharon antes, o le invitamos a que se fueran, de Al mariyat Bayyana hace muchos siglos: en esta Almería nuestra siempre se llora por partida doble; se va Soumia El Fhati, la del pañuelo amarillo, como las lavanderas de Mojácar, la de los ojos oscuros, como las antiguas cenacheras de Pescadería; se va, tras haberse convertido en la primera mujer al frente de un consulado marroquí en Andalucía, en ese edificio de La Palmera, en la Avenida del Mediterráneo, desde cuyo despacho, entre sorbos de té de hierbabuena, ha contemplado el derribo del puente de Sierra Alhamilla, ella, que tantos ha tendido.
Ha sido Soumia una gran conocedora de la cultura almeriense y un oasis para su comunidad consular que ha incluido también Granada. Ha sufrido estos últimos meses, trabajando como una hormiga atómica, gestionando la OPE con rapidez y cercanía en los puertos de Almería y Motril y en el proceso de regularización de inmigrantes, despachando certificados de penales, con colas en la puerta del consulado que rodeaban esa manzana de Cortijo Grande, con gentes llegadas de otras provincias para que Soumia y su equipo le resolvieran los trámites. Llegaba Soumia a las 6 de la mañana a su despacho -antes que el vigilante jurado- para empezar a darlo todo, junto con sus colaboradores, por sus compatriotas, incluso afrontando las tensiones y chispas que saltaban en esas colas masivas que clamaban por papeles. Soumia sustituyó a Abdelilah Nejjari hace justo dos años, tras diversas experiencias como diplomática en Trípoli, Algeciras, Barcelona y la propia Almería como vicecónsul. Deja Soumia el edificio Palmera de Almería por la sombra de otras palmeras para afrontar nuevas responsabilidades, con su mismo pañuelo, con su enorme sonrisa, y será otra mujer la que la releve en esta provincia vecina y hermana a un tiro de honda del Gurugú. Es doctora en Derecho Soumia y tendrá nuevos retos por delante.
Almería y Marruecos viven frente a frente. Apenas los separan unas horas de mar. Entre ambas orillas viajan cada año miles de personas, familias enteras, trabajadores, estudiantes, empresarios y sueños de ida y vuelta. Esa relación necesita muñidores permanentes y personas como Soumia capaces de entender que la diplomacia empieza muchas veces escuchando antes que hablando. La realidad marroquí -una población de 65.000 residentes en Almería- forma parte de nuestra realidad social y económica. Sabemos que es así y sabemos que no va a dejar de serlo nunca.
Una cónsul como Soumia representa mucho más que a un Estado, representa el pegamento entre dos países que se miran -que se llevan mirando- desde hace siglos entre dos playas como las de El Extranjero de Camus y un paisaje similar.
Las personas pasan; las instituciones permanecen. Llegará otro cónsul y continuará una relación que trasciende a quienes ocupan temporalmente el cargo. Pero cada persona deja su estilo, su impronta, su forma de entender el servicio público y su manera de acercar a dos pueblos condenados, en el mejor sentido de la palabra, a entenderse.
En tiempos donde el ruido suele imponerse a la conversación, conviene recordar el valor de quienes trabajan precisamente para que el diálogo nunca se rompa. Porque las fronteras separan territorios, pero la diplomacia acerca personas. Hay despedidas que apenas ocupan unas líneas en una agenda institucional y, sin embargo, dejan una huella mucho más profunda que muchas inauguraciones con banda de música. Así es, así será el adiós de Soumia El Fhati esta noche en el Varadero de Almería, un adiós hondo y con acento.