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Opinión

Lo que ni el PP ni el PSOE de Almería se atreven a decir tras el 17-M

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Sedes del PP y PSOE en la noche electoral del 17-M

Sedes del PP y PSOE en la noche electoral del 17-MLa Voz

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La política es un territorio de contradicciones. Solo así puede entenderse que el resultado electoral del pasado domingo fuese percibido con inquietud por los que vencieron y con alivio por los derrotados. El PP cerró la noche electoral en un clima cercano al desasosiego mientras que los socialistas respiraron aliviados al conjurarse el riesgo de perder el tercer parlamentario. Quedar superado por VOX en votos y haber perdido el tercer escaño hubiese supuesto un terremoto devastador en la sede de la avenida Pablo Iglesias. Pero ¿qué hay detrás de esta contradicción en la que los vencedores sienten el desasosiego de la derrota y los derrotados el alivio de los vencedores y que, ni unos ni otros, se atreven a decir? Vayamos con ello.

No hay nada que queme más que una fe ardiente. Quema y confunde. Solo así se explica que, pese al magnífico resultado obtenido por el PP en Almería, la noche electoral se viviera en la sede del Paseo con una sutil pero indisimulada sensación de desasosiego. Los populares están ya tan acostumbrados a ganar- ¿barrer mejor? –que la levedad de un pequeño freno en su continuada progresión porcentual les acerca a la incomodidad de la frustración.

Pasar del 45,5 obtenido en la ola imparable del 2022, al 42,9 por ciento del domingo, tras cuatro años de gobierno, es un excelente resultado. Sobre todo, si se tiene en cuenta el escándalo abrumador del caso mascarillas y el viento favorable para VOX en un clima tan propicio como el ecosistema del Poniente almeriense y el entorno migratorio. El estado de ánimo creado por el hooliganismo, que les situaba en el escaño número siete y reducía a dos los que alcanzaría el PSOE, ha acabado convirtiendo un éxito sin matices en una sensación cercana a la frontera del fracaso.

El PP dobla en escaños a los socialistas y a VOX y casi les dobla también en votos, ¿dónde hay, por tanto, motivos para la incomodidad de la desazón? La demoscopia en España no es una ciencia, es un instrumento convertido en operador político a favor de quien le contrata o le financia. En el mediodía adelantado del domingo recibí los datos de tres encuestas- tres- de institutos demoscópicos en los que el PP no bajaba en Andalucía de 57 escaños acercándose con certeza a los 60. Esta irrealidad, como la de los hooligans que aseguraban el 7 escaño por Almería, construyó una ilusión que la endiablada aritmética de los restos en ocho circunscripciones electorales acabó desbaratando. Y es que no hay nada más arriesgado que creer a los que, armados de una fe ardiente, siempre mueven el incensario a favor del viento. Esa fue la clave que confundió al PP y la que acabó provocando una injustificada sensación de derrota cuando la victoria es clara y sin paliativos.

Como no hay argumentos paliativos que enmascaren el camino de derrota en derrota hasta la irrelevancia por la que llevan transitando los socialistas almerienses en los últimos veinte años. Dos décadas en las que la única satisfacción que cosechan es la certeza de que el mal resultado de ayer fue mejor que el de hoy, y, el de hoy, será mejor que el de mañana.

El acta de Rodrigo Sánchez fue un alivio porque conjuraba la amenaza de perder el tercer escaño, pero el nivel de encanallamiento tribal por el que navegan las sucesivas “dirigencias” del PSOE no hace descartable que algunos perciban su acta de parlamentario como un motivo para la inquietud. La elaboración de la candidatura y algún episodio con tonos amenazantes en la sede sevillana de San Vicente dan solidez a esa sospecha.

Lo que no es sospecha sino certeza es el hecho de que los socialistas se enfrentaron a esta campaña con la convicción suicida de que nada ni nadie podía alejarles de la derrota. La campaña fue tan vacía de contenido, estrategia y convicción que ni la candidata a la presidencia tuvo la delicadeza de participar en algún acto público durante toda la precampaña y la campaña. Solo una visita de urgencia a Expolevante. Claro que, a sensu contrario, podrá argumentarse que las ausencias de la candidata fueron compensadas por el desembarco de medio consejo de ministros. Y es cierto. Lo que no van a decir es que la llegada de esos ministros y ministras parecía planificada más para esconderlos y esconderlas que para hacer pedagogía ante los ciudadanos.

Si a Bogart y a Ingrid Bergman siempre les quedará el Paris de 1940 en el camino hacia la huida en Casablanca, a los socialistas siempre les quedará la satisfacción de que el resultado del pasado domingo será mejor que el de la próxima cita electoral. Es lo malo de haberse acomodado a un camino de perdición del que, hasta ahora, nadie aparenta querer cambiar el rumbo.

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