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La consulta

“El proceso pasó de ser un referéndum a ser una consulta, y de ser una consulta a ser un proceso participativo”

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El tortuoso proceso de la consulta catalana finalmente ha acabado en una fiesta democrática en donde la participación ha hecho irrelevante el resultado. Una gran lección, por su civismo y por su madurez democrática, para el resto de España, y, sobre todo, para el Gobierno de la nación. El pueblo catalán quería y quiere votar; y en una democracia madura no se puede limitar un proceso de estas características, nos guste o no. No se puede obviar que una mayoría social y política, reflejada en el apoyo supernumerario del Parlamento catalán, quería manifestarse sobre el cada vez más difícil encaje de Cataluña en España.


El problema es que nos hemos encontrado en liza a dos supuestos líderes políticos que han puesto de manifiesto una vez más su gran cobardía, así como su falta de talla política, para afrontar un problema como el actual. Ninguno de los dos se ha creído la posición que defendía, y al final ha salido un proceso surrealista, muy desgastante para ambas posiciones, que ha sido salvado por la sociedad civil catalana: salvando inmerecidamente la cara a Mas, y descomponiéndosela a Rajoy. Evidentemente, el problema lo ha generado Mas, pero lo ha agravado sin lugar a dudas el Gobierno central por su manejos verbales y jurídicos, por la inacción política, y por haberse enrocado en la legalidad y en la constitucionalidad al enfrentarse a un grave problema de un gran y profundo calado político, olvidándose de buscar una estrategia de consenso que pudiera haber reducido la fractura existente en la actualidad.


El proceso pasó de ser un referéndum a ser una consulta, y de ser una consulta a ser un proceso participativo. Todo un engendro desde el punto de vista jurídico y desde el punto de vista de las garantías, pero una fiesta democrática sin duda que ha abierto aún más la fractura de la sociedad catalana, así como la de Cataluña con el resto de España. El proceso, por tanto, se ha invertido. Se ha empezado por el final, es decir, por un proceso participativo, y se acabará sin lugar a dudas en un referéndum, pasando probablemente por unas elecciones anticipadas de trasfondo plebiscitario con un potencial frente nacional que se presente a las mismas. O no. A lo peor, Artur Mas, habiéndose venido arriba por el inmerecido final cívico del proceso de consulta que le ha parcheado la sociedad catalana, agota la legislatura. Todo puede pasar con estos dos políticos acosados por la corrupción en sus propios partidos, así como por una terrible crisis económica que ha debilitado seriamente al Estado español y que no saben diagnosticar ni atajar.


Hubo una oportunidad de sacar adelante una consulta jurídicamente válida, con una pregunta clara y objetiva, y con todas las garantías democráticas, como fue el proceso escocés. Pero se ha dilapidado. Tuvimos la oportunidad de que, de forma pacífica, sin crispamientos ni amenazas, se desarrollara una consulta en Cataluña que permitiera a todos los partidos políticos hacer su campaña y defender con normalidad sus posiciones. Pero no. Sólo se ha producido la campaña soberanista, habiéndose obviado un debate adecuado a la envergadura del proceso. Y ni los recursos a la historia, ni a los propios mitos de la fratría catalana, ni siquiera al tan manido recurso a la legalidad o la constitución, podrán pasar por encima de este envión democrático. Luego vendrá la reforma de la Constitución y lo que haya que reformarse. Y, por supuesto, tranquilizar a JP Morgan.


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