La Voz de Almeria

Opinión

Desayuno en el Real

Esta negra época no es más que otro paso atrás puntual que, como tantos antes, tarde o temprano se superará

El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth.

El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth.La Voz

Manuel Sánchez Villanueva
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Estoy convencido de que lo que realmente compartimos mi compañera y yo mismo es la sensación de estar como en casa al llegar a un bar o restaurante de carretera.

Lo cierto es que, durante estos veintidós años, nunca me he atrevido a verbalizar esta idea y, de hecho, ambos fingimos encontrarnos en nuestra salsa tomando un Campari en un elegante bar de Piazza Navona, o durante una cena “chic” regada con un Saint- E’milion Grand Cru, a orillas del Garona.

Pero la verdad desnuda es que tanto ella, hija y nieta de intrépidos camioneros, como servidor de ustedes, cuyo rancio abolengo asciende a un sufrido marchante de ganado y a un honrado viajante de comercio, cuando más relajados nos encontramos es almorzando un buen bocata de lomo con su base de tomate, acompañado de un clarete o de un vino del país si las circunstancias lo permiten, en uno de esos confortables lugares que tanto consuelo ofrecen al viajero.

Así que no hace mucho, después de haber asistido la tarde anterior al entrañable acto en el que el Centro de Interpretación de la Cultura Argárica dedicó una sala audiovisual a su gran impulsor, Don Gabriel Martínez Guerrero, decidimos desayunar en un establecimiento digno representante de esa categoría, emplazado en pleno Real de Antas.

Como era domingo y relativamente temprano, estábamos convencidos de que, por encontrarse en un entorno agrícola e industrial, el local no estaría concurrido. Craso error, pues aquello estaba petado de parroquianos en monos de trabajo, conductores a punto de iniciar su ruta y, guardias civiles tomando café. Así que nos debatíamos entre el bocata de tortilla de patatas o la tostada de jamón, cuando cometí el error de prestar atención a una enorme pantalla de televisión. Y en ese momento asomó con toda su crudeza la descarnada realidad en la que intentamos gestionar nuestras vidas desde hace ya tiempo.

Mientras la camarera me servía el café en vaso de caña, intentaba procesar el estar siendo testigo de cómo, desde el sofá del icónico centro de mando de la democracia más antigua de la era moderna, un antiguo carcelero de Guantánamo, actual Secretario de Guerra (no de Defensa) de los Estados Unidos, clamaba a voz en grito por utilizar “una violencia abrumadora contra aquellos que no merecen piedad”, para terminar explicitando su desprecio por las “ridículas leyes de la guerra”, mientras el plutócrata de aspecto repulsivo que rige los destinos de la mayor potencia militar del mundo asentía entre sonrisas.

Tuve que echar mano de Lacan para convencerme de que no se trataba de un problema mío de percepción errónea de la realidad, sino que este caos estaba ocurriendo en el mismísimo despacho oval donde un equipo compuesto por políticos de la talla de O’Donnell, MacNamara, Robert Kennedy o Adlai Stevenson, asesoraron al presidente Kennedy para que, durante el episodio de mayor amenaza exterior directa que han conocido los EE.UU. desde su fundación que representó la llamada Crisis de los Misiles de Cuba, enmarcara las iniciativas militares bajo el paraguas de instituciones como la ONU o la Organización de Estados Americanos.

Confieso que aquella mañana pensé que se había cumplido la distopía de la que hablaban tantos fanzines, cómics, libros o películas de mi juventud y la alianza de plutócratas tecnológicos con políticos corruptos nos estaba metiendo de lleno en un estado similar al que la letra de la canción “Año 2000” de Miguel Ríos describía gráficamente como: “un lugar de terror”

No ayudaba recordar la hipótesis que acababa de leer sobre la cultura de El Argar, cuyo epicentro radica a escasos metros de donde me encontraba, defendiendo que la ceguera explotadora de su élite, detentadora en exclusiva de los beneficios de la tecnología entonces dominante, había provocado un estallido social que, combinado con el colapso ecológico por sobreexplotación del territorio, desembocó en una crisis brutal con un abrupto final. Juzgue el lector si existen paralelismos con la época actual.

Sin embargo, al salir del desayuno, mi sombrío estado de ánimo cambió, primero al escuchar como un grupo de conductores internacionales, compuesto tanto por autóctonos como por latinoamericanos, conversaban con la misma afinidad cultural que si se hubieran criado juntos en las Escuelas de Antas y un poco más tarde, al ver la sonrisa que iluminaba el rostro de mi compañera mientras paseábamos por la frondosidad de los cortijos de El Real.

Fue entonces cuando me convencí de que esta negra época no es más que otro paso atrás puntual que, como tantos antes, tarde o temprano se superará.

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