Las goteras de Garrucha
El nuevo alcalde, el señor Alvaro, deberá mirar más al yeso para obtener ingresos que el pueblo necesita y dejarse de vistas más alegres

Al fondo, la finca Vista Alegre de Garrucha, la joya de la corona del municipio.
En las casas antiguas de Garrucha se estilaban los terraos con tierra roya por encima de las colañas. Era un revestimiento humilde, poco sofisticado, que no evitaba las goteras cuando llovía con intensidad. Uno recuerda a su madre repartiendo cubos en los puntos débiles para evitar que se mojara la casa. Ya no hay tierras royas en las azoteas de Garrucha, pero no han desaparecido del todo las goteras, al menos en el tejado de la Casa Consistorial. Allí, en la casa de todos los garrucheros, hincada en el Malecón, parece que sigue lloviendo sobre mojado, en ese antiguo alfolí donde tanta sal se despachó durante años ya remotos.
Acaba de dimitir el último alcalde, el quinto de esta última era de Democracia; en realidad no es una dimisión, puesto que es un hecho pactado y anunciado hace dos años, aunque se haya resistido un poco Pedro Zamora, quién no se pone de perfil cuando le recuerdan que debe envainar la vara de mando. Entrará dentro de unos días Alvaro Ramos, con un solo edil correligionario; pero eso no es óbice para gobernar, en eso tiene el doctorado Salvador, su homólogo en Carboneras. La aritmética electoral hace que ocurran estas cosas, son legales y hay que respetarlas.
La Garrucha es una villa que dejó de ser aldea por cojones, no porque quisiera su institutriz Vera. Se constituyó como municipio en 1861 porque ya no había más remedio. A partir del descubrimiento de la plata de Almagrera y el ímpetu minero, el caserío de marengos creció como la espuma de sus olas. Y se convirtió en el embarcadero del mineral aflorado; y se estableció aduana, siete viceconsulados, estación de Sanidad Marítima, prósperos comercios, etcétera. Pasaron los años, las décadas, los cotos mineros se iban inundando y el brillo de la galena se apagó. Solo le quedó a Garrucha el recurso de la pesca de mamparra, el palangre y tirar a costilla de la jábega y los laudes. Hasta los años 60, cuando empezó el turismo de masas y las primeras vacas que iniciaron la pesca de la fabulosa gamba roja. Y Garrucha volvió a retoñar como una rama de frutos esplendorosos, volviendo la leyenda de la Pequeña San Sebastián. Pero Garrucha parece que es una montaña rusa: la flota pesquera ha menguado por los problemas con los caladeros y por las políticas restrictivas de la UE. De más de 20 arrastreros, ya solo quedan siete u ocho. Lo que no ha parado de crecer es la exportación de yeso del que Garrucha, hasta ahora, no se beneficia en nada, más bien se perjudica. La Junta de Andalucía no le suelta ni un euro al pueblo donde tiene el puerto más rentable de la región, con el que paga la nómina a los funcionarios de la APPA. Y desde el Ayuntamiento, todos los intentos que se han hecho -quizá haya faltado fuerza, excepto la que le puso Adolfo Pérez- para recibir una compensación no han servido de nada, por ahora. Garrucha vive ahora como una familia venida a menos, con una plantilla municipal sobredimensionada para los ingresos reales del municipio: mucha chica de servicio, pero poca sopa boba para servir en el plato; Garrucha está presa de su destino, desde que le dieron carácter de municipio, pero apenas jurisdicción: 7,6 kilómetros cuadrados es todo lo que ocupa. La Liliput provincial, que hace que los ingresos por IBI sean muy limitados para afrontar el presupuesto.
Ahora llega Alvaro, un edil bregado que no evita los duelos al amanecer; un concejal de Urbanismo que como alcalde aún está por abrir. A ver si es capaz de defender a Garrucha, a partir de ahora, con el mismo brío que ha exigido a sus contrincantes políticos; a ver si es capaz, este Alvaro guardia forestal, de que aparezcan nuevos brotes verdes en Garrucha exigiendo parte del pastel del yeso que se lleva, a la chita callando, la Junta.
Hay susurros en esa espléndida playa de la felicidad que es Garrucha de que lo primero que hará Alvaro cuando se siente en el despacho de alcaldía es vender una joya que tiene Garrucha, un espacio mítico que dio nombre a un palacio, que dio nombre al campo de futbol del equipo atriaco. Parece que hay mucho apetito en vender esa finca que es patrimonio de todos los garrucheros; parece que hay mucha prisa en vender la mayor bolsa de suelo urbano frente al mar: 120.000 metros junto al Castillo, a 10 kilómetros de la Estación de AVE, que es un dulce para cualquier pelotari y que el Gobierno municipal debería dejar como última bala en la recámara de este pueblo tan machacado a lo largo de su historia. Haga usted las cosas bien, señor Alvaro, y Garrucha se lo agradecerá. Mire usted al yeso para aumentar ingresos y déjese de vistas más alegres.