La Voz de Almeria

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Hu Yantse, fue mandarín cuando la Dinastía Ming era tan poderosa que brillaba más que la luz del sol. Propuso al emperador en su libro del Reino Celestial, que creará un registro de las conciencias de sus súbditos y el Hijo del Cielo, seducido por aquella idea, ordenó que recorrieran sus dominios, sin olvidar la más remota de las aldeas y ninguna de las almas de sus vasallos. Al frente de aquella colosal tarea, estaría Hu Yantse, comenzarían sus trabajos la noche que naciera la luna tercera del nuevo año. Quedaban noventa días, dedicaría quince para hacer una clasificación de las conciencias, describió hasta tres mil clases y otras once mil variantes menores o discordancias. El resto de los días, enseñaría a los diez mil escribanos, las artes de la adivinación y el hipnotismo, pues albergaba la certeza: que los hombres en estos asuntos no son sinceros,  a veces de forma involuntaria, pero la más con el afán de esconder lo peor de cada uno y abundar en lo bueno.  Así es el espíritu humano que huye de la perfección y el equilibrio, embustero, por pura desidia al autoconocimiento o falsario como los que llevan la  máscara de la bondad para arreglar engaños y hacer el mal.  Hu Yantse concluiría el libro más glorioso de su vida, había empleado más de cuarenta años en acabarlo y toda su voluntad, pero ahora sólo faltaba por conocer  la última conciencia que era también la primera, la del Hijo del Cielo.


¿Cuál es tu conciencia? preguntó Hu Yantse a su alteza, mientras permanecía arrodillado y con la mirada fija en el suelo.


-Mi conciencia es como la conciencia del pueblo entero.


-Eso mismo ha dicho tu pueblo, que su conciencia sólo es una parte de la gran conciencia que solo a ti te pertenece, pero sometida a la obediencia.


-Mi pueblo es sabio, Hu ¿Y cuál es la conciencia del más diligente de mis servidores?


- Sólo soy una parte de vuestra conciencia que merece arder junta a su obra, que emprendí con el optimismo propio de la soberbia y he concluido con la decepción por su inutilidad.


Hu Yantse ardió junto a los miles de libros de su inservible registro y las cenizas de aquellas hogueras ahora caen sobre España.


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