La Voz de Almeria

Opinión

Más grises y menos azules y rojos bajo el cielo de Almería

Un Gobierno democrático, de Memoria Democrática, honra, 89 años después, a un hombre bueno de Ohanes que cometió el 'delito' de creer en Dios

Estatua de Diego Ventaja Milán, obispo de Almería en 1936, en la Plaza de la Catedral.

Estatua de Diego Ventaja Milán, obispo de Almería en 1936, en la Plaza de la Catedral.

Manuel León
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Una tarde de verano de 1936 le ataron una cuerda a las muñecas y lo sacaron a rastras de una casa de la plaza Careaga. Lo pusieron a palear carbón en el barco Astoy Mendi anclado en la bahía y a servir la mesa a los marineros del Jaime I mientras era sometido a vejaciones. En una saca de 17 presos se lo llevaron al barranco del Chisme, en Vícar, donde le pegaron tres tiros en la cabeza y lo quemaron dos veces con gasolina antes de enterrarlo con cal viva. El inmolado era Diego Ventaja y lo verdugos un pelotón de exaltados milicianos analfabetos que sembraron el terror en la retaguardia almeriense en los primeros meses del conflicto, hasta que el gobernador Morón puso un poco de orden. 89 años después, el Gobierno de España reconoce a ese humilde obispillo de Ohanes cuyo delito fue creer en Dios. Allí estaba, en un acto de Memoria Democrática en Madrid, su sobrina nieta recogiendo el diploma que declara oficialmente mártir a Diego Ventaja. Como él, fueron asesinados, por el ‘acto criminal’ de tener fe, 115 sacerdotes y religiosos de la provincia que fueron fusilados en lugares tenebrosos como el pozo de La Lagarta, La Garrofa o Cantavieja. En ese mismo acto madrileño, fueron también reconocidas otras víctimas como Federico García Loca, María Moliner, Luis Buñuel o la también almeriense Josefina Samper, esposa del histórico sindicalista Marcelino Camacho. Diego Ventaja era el hijo de un herrero que marchó a Granada, más pobre que un brindis con agua, y cuya madre, en ocasiones, se vio en la necesidad de pedir limosna en la puerta de la catedral. Quién le iba a dar lecciones de proletariado si era más paria que el más paria de los anarquista o comunistas almerienses de la época. Pero no fue óbice para que lo ajusticiaran por llevar hábito y portar tonsura.

En la Guerra, como en la vida, no hay blancos ni negros, sino una amplia paleta de grises; nadie está a salvo en un tiempo así, en esa retahíla de desquicies donde compite la barbarie con humanitarios actos de héroes cotidianos que salvaron a personas del bando contrario, aunque estuvieran en las antípodas de su ideología, porque creyeron que por encima de todo estaba la vida de un ser humano. Fue una guerra propiciada por un golpe de Estado, ilegítimo como todos los golpes de Estado, contra un gobierno -mejor o peor- pero legalmente constituido. Pero quienes quisieron frenar a los golpistas también cometieron desmanes -como los falangistas y militares amotinados- contra personas inocentes como el humilde prelado de Ohanes, quien no tenía cara de formar parte del destacamento sublevado en Marruecos. Enhorabuena al almeriense Fernando Martínez, por la parte que le toca, como secretario de Estado de la Memoria Democrática por este reconocimiento a su paisano Ventaja. Y enhorabuena a Rosario por enterrar rencores e ir a recoger el diploma que acredita, 89 años después, que su tío no hizo mal a nadie. Postdata: en ese mismo acto se reconoció al general Vicente Rojo, un militar íntegro, que era el jefe del Estado Mayor Central del Ejército Popular que perdió una guerra que perdieron todos y que tiene viviendo en Almería a un nieto y a dos bisnietas. Casi 90 años después, ya es tiempo en Almería de más grises y menos azules y rojos. 

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