La Voz de Almeria

Opinión

¡Cómo ha cambiado Almería! De no tener ni luz ni agua, a exportar talento

Carta del director

Curro Vallejo

Pedro Manuel de la Cruz

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Fue un acto impremeditado y apareció con la inesperada brevedad de un destello. Mientras escuchaba hace unos días a Javier Aureliano García en el recuperado y bellísimo patio del MUREC presentar el proyecto Almería Talento, ni pude ni quise evitar recordar aquella tarde de 1979 cuando asistí por primera vez a un pleno de la Diputación. Yo era entonces un licenciado que acababa de llegar a la provincia como redactor de Almería Semanal, aquella revista a la que ahogó el totalitarismo de un gobernador civil, y el director, Manuel Acién, me encargó cubrir la información de los municipios. La Diputación era el mejor escenario y aquel pleno fue el punto de partida donde comencé a percibir el nivel del profundo subdesarrollo por el que transcurría la vida de los almerienses desde El Sabinal a Palomares y desee Topares hasta Guainos.

La inexistencia de agua corriente en las casas, la carencia de alcantarillado, las continuas interrupciones en el suministro eléctrico, cuando no la ausencia de electricidad, y las calles llenas de tierra y sin aceras había formado parte del paisaje que me acompañó durante la niñez y la adolescencia. La experiencia madrileña me enseñó que había otro mundo, pero, tan alejado, que reduje mi percepción de aquellos años a aquel barrio Alto y a aquella placeta de San Antonio en los que la felicidad de la inconsciencia infantil nunca fue derrotada por la agenda permanente de las carencias.

Pero aquella agenda interminable de carencias no se reducía a aquel barrio obrero y marginado que marcaba los reducidos límites geográficos de mi infancia. Era un escenario común a toda la provincia.

Los plenos de aquella primera Diputación democrática eran el paño de la Verónica en los que se reflejaba con indisimulada nitidez la cercanía al subdesarrollo tercermundista en el que transcurrían los años en la mayoría de los municipios de la provincia y en (casi) la totalidad de los barrios de la capital. Conviene recordarlo ahora, cuando, como lo definió Umberto Eco, la estupidez organizada que es el fascismo exhibe con cinismo y sin pudor la nostalgia por aquel tiempo de lagañas y rastrojeras.

Han pasado cuarenta años desde entonces y aquella Casa de Socorro provincial a la que acudían los alcaldes para encontrar alivio a las urgencias ciudadanas más primitivas, es hoy un dinamizador de la capacidad y del talento- a partir de ahora también en áreas como la moda, los complementos y la artesanía- de los almerienses.

Se siguen arreglando carreteras, construyendo parques y levantando pabellones deportivos, claro que sí- una provincia es un proyecto inacabado-, pero, además, incentiva y proyecta en el exterior el futuro de una provincia dotada de una contrastada capacidad innovadora, a la vez que ponen en valor señas de identidad- ahí está el Hospital Provincial o el Cortijo de El Fraile- tan lejos y tan cerca de nuestra historia.

Desde la presidencia de Pepe Fernández Revuelta (nunca le gustó que le llamaran Don José) hasta la actual de Javier Aureliano García, todos los presidentes han tenido el acierto, tan escaso en otros circuitos de la política, de rodearse en su entorno más cercano de tipos inteligentes y capaces.

Fernandez Revuelta tuvo como vicepresidente a un brillantísimo extravagante como Fausto Romero; Antonio Maresca se trajo de Pulpí como diputado a un joven de 23 años, Pepe Guirao, que después fue un excelente ministro de Cultura; Tomás Azorín tuvo en Pepe Cespedes un todoterreno irremediable; Pepe Añez no llevó más lejos el desvarío que le diseñó Juan Enciso porque Ginés Martínez Balasteguí actuó como muro de contención de aquel delirio; Luis Rogelio siempre tuvo como lugarteniente al incombustible Jose Luis Aguilar; Juan Carlos Usero presidió bajo la alargada e inteligente sombra de Juan Antonio Segura Vizcaino y Gabriel Amat propició que Javier Aureliano se aprendiera y conociera de memoria hasta el último rincón y la última capacidad de la provincia.

¿Qué no todos han sido perfectos y que no todo ha sido bueno?, pues claro. Nada ni nadie es perfecto. Y en ese camino de éxito que han sido hasta ahora las Diputaciones democráticas ha habido también episodios lamentables. Ahí están los bochornosos caso facturas o caso mascarillas y otros episodios de menor cuantía. Pero actitudes y actuaciones tan censurables no pueden empañar un camino que ha conducido a la provincia del subdesarrollo de las carencias a la inclusión de Almería y el talento de los almerienses en el escenario de la modernidad, la sostenibilidad y el emprendimiento. Un camino que la diputación, dirigida por sus distintos y a veces distantes presidentes, no lo ha recorrido sola, ni mucho menos. Ha contado con el apoyo imprescindible de los alcaldes, la Junta y el Gobierno, por supuesto.

El recuerdo de aquella tarde de 1979 cuando por primera vez traspasé la puerta de la Diputación me hizo ver la noche de la presentación de Talento Almería lo mucho y bueno que la democracia ha traído a nuestra provincia. En los últimos cuarenta años, este territorio ha progresado más que en los cuatrocientos años anteriores.

A pesar de los cretinos y las cretinas de guardia que todavía siguen añorando aquella provincia de grisura, cerrado y sacristía que tanto dolía a Don Antonio Machado.

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