La dicha es mucha en la ducha
La dicha es mucha en la ducha
Si me disculpan el uso de este jabonoso y viejo eslogan publicitario como título (que en el fondo no es más derramar por el empedrao informativo un sentido tributo/lagrimón al gel “Moana”) emplearé esta columna dominical en advertir un año más que las duchas playeras tienen una función más contingente que sanitaria. Es decir, que se trata de un servicio diseñado para quitarse la sal del mar tras el chapuzón. Y punto. Lo digo porque muchos almerienses (especialmente muchas almerienses) tienen la peligrosa costumbre de confundir las serviciales y sencillas duchas del Paseo Marítimo con los aposentos privados de Cleopatra, dada la profusión de jabones, cremas, cosméticos y artículos de tocador con los que completan no ya una refrescante ducha playera, sino un homenaje a la ablución ritual y a las Termas de Caracalla, todo de una vez. Y claro, además de los peligros que para el equilibrio hormonal de calorros e inmigrantes sin más graduación que la etílica supone este espectáculo de señoritas enjabonadas, cabe destacar el riesgo que para los usuarios normales de las duchas supone el uso de sustancias detergentes. Lo digo porque hace pocos días pude saludar a un respetado compañero de profesión luciendo un aparatoso cabestrillo en el brazo. La fractura por impacto que le diagnosticaron en Torrecárdenas y que le va a tener todo el verano en permanente escorzo manual se la provocó un desafortunado resbalón en una de estas duchas zapilleras que son usadas como cuartos de baño por el limpio, pero indocumentado público. Recordemos un año más que además de atranques y encharcamientos, el uso de champús en estas instalaciones supone un riesgo para la seguridad de posteriores usuarios. Sí, ya sé que me estoy repitiendo y que no es la primera vez que escribo sobre este asunto. Pero la seguridad de los almerienses está por encima de la gloria efímera de la novedad periodística. Columnismo de lucha, que se llama. O de ducha. Ya no sé.