Una silla, una pieza de fruta y un violín
Una silla, una pieza de fruta y un violín
Por paradójico o irreal que parezca, el camino a la felicidad pasa por un sinuoso e intrincado proceso de desprendimiento material y emocional de objetos y afectos.
Después de décadas de habituación física y psíquica a la acumulación como fin en lugar de como medio, parece que ha llegado el momento de empezar a soltar lastre. No sé si estaremos volviendo a eso que decía Albert Einstein de que para ser feliz un hombre no necesita más que una mesa, una silla, un plato de fruta y un violín, pero entre los que llegan a este ascetismo doméstico por convencimiento y los que llegan a él obligados por la tiesura de la crisis, lo cierto es que se está produciendo un cambio en la percepción de la felicidad como objetivo vital.
Cada vez somos más felices con menos. La prueba de ello está en los datos que refleja el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que esta vez ha incluido preguntas concretas sobre el estado de ánimo general de los españoles ante la crisis. Pues bien, por sorprendente que parezca y aunque a veces la calle parezca un hervidero de furia y ruido, la mayor parte de los españoles ha declarado sentirse feliz e incluso muy feliz con su vida, valorando con notable o sobresaliente su nivel de felicidad.
Ahora que la mayoría nos hemos dado cuenta de que nada es demasiado importante, la clave para ser feliz en la vida, o al menos eso es lo que dice el Centro de Investigaciones Sociológicas, es tener buena salud. Yo me alegro por ello, pero no creo que pueda ser así de fácil.
Seguro que algún idiota reclama que su mesa y su silla sean de diseño, que su fruta sea exótica y que venga Ara Malikian con un Stradivarius a tocarle “Tres cosas hay en la vida”.