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Opinión

El Non Finito de Antonio López

El Non Finito de Antonio López

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Antonio no ha terminado, objetivamente hablando, casi ningún cuadro a lo largo de su vida. Otra cosa es para él la escultura, donde parece moverse con una facilidad natural que le lleva a cumplir con mucha mayor prontitud sus objetivos creativos, como un consumado maestro de la antigüedad clásica.


En lo que respecta a los cuadros, salvando los de su primerísima época, que estaban presididos por un realismo mágico y casi surreal, muy subjetivo, Antonio depende del motivo que le atrapa y le subyuga. Depende, por tanto, de cómo evolucione este motivo a lo largo del tiempo de ejecución de la pintura; esto es así desde que encontró su personal camino dentro del naturalismo, fiel a la precisa y justa observación del modelo natural. Esta dependencia absoluta le obliga a una forma de trabajar que constituye la esencia y autenticidad de su arte. Permanecer junto al motivo, pasar largas horas junto a él, días y hasta años seguidos, en un íntimo diálogo; una comunicación poética donde la intuición es la única forma de aprehender y conocer el mundo, su mundo más cercano. Su deseo de pormenorizar y llegar hasta el detalle de las cosas le lleva a permanecer largos periodos junto a sus modelos, vivos o inanimados. El cuadro se acaba, por lo general, cuando el modelo lo decide; o más bien, cuando las circunstancias del modelo impiden poder continuar: cambio casi absoluto del paisaje, mutación total del árbol o marcha definitiva a otro lugar -e incluso, muerte- de la persona. Un viaje sin fin, un laberinto proceloso en el que entra y del que nunca parece salir. Solo hay un pequeño corpus de cuadros que ha podido terminar, más o menos, a su capricho; aquellos de objetos o lugares quietos dentro de su casa que le han permitido trabajar sin cambios ni interrupciones: algunas ventanas, electrodomésticos o enseres cotidianos.


Sus largos silencios expositivos dependen, en gran medida, de esta forma de trabajar. Y determinan la sed que existe siempre por contemplar su obra. Con los años, y yo puedo dar fe de ello, Antonio ha ido depurando su concepto creativo, radicalizándolo incluso. Hace un tiempo que, preso de una febril capacidad alumbradora, empieza una multitud de obras que luego es incapaz de continuar o completar. Su mente es de una efervescencia inagotable, como si quisiera beberse la vida con apremio. Hasta ocho Gran Vías empezadas, dos de la Puerta del Sol, otra vista de la gran ciudad desde la lejanía de tamaño considerable, una nueva y monumental ventana, tres cuadros empezados en Tomelloso, una gigantesca panorámica de Sevilla, varios retratos, encargos y más monumentos públicos... en la escultura, un cúmulo de ideas referidas al ser humano, a sus actitudes y movimientos elementales -al modo de los arcaicos clásicos- para las que necesitaría legión de colaboradores si quisiera alumbrarlas todas... En fin, un artista desmedido e hiperactivo, muy lejano del que muchos imaginan cuando piensan en él.


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