La Voz de Almeria

Opinión

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La delicada situación económica que atravesamos ha convertido en cuasi permanente la presencia de debates televisivos y radiofónicos y la aparición de noticias en medios de comunicación escritos y virtuales a los que cómodamente asistimos desde el salón de casa, la cafetería en la que desayunamos, la antesala de una consulta médica o reunión o el momento de asueto del fin de semana; tertulias y comentarios de mayor o menor profundidad, más o menos contrastados y veraces, con mayor o menor aportación o fortuna y, con demasiada frecuencia, provistos de un marcado sesgo interesado o intencionado.


Se trata de las preocupaciones que arrojan las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) centradas en el empleo y la situación económica o la inquietud sobre la clase política, y de los ciudadanos cada vez más alarmados cuando leen o escuchan las informaciones que aparecen en los medios, de cualquier tendencia, que atomizan, asustan y empobrecen interiormente a quienes no logran acceder a un empleo, a las familias y a quienes se encuentran en las situaciones sociales más desprotegidas.


Al escuchar referencias sobre el despido o la reducción salarial de los funcionarios tal vez imaginemos cómo se sentirá la masa funcionarial en su conjunto; cuando hablamos de salud tal vez imaginemos el edificio hospitalario o la llamada lista de espera impersonal y fría; al hablar de la educación tal vez se dejen entrever alusiones a aquellos jóvenes sin ilusión por adquirir ningún conocimiento que vaya a tener una utilidad laboral a corto plazo.


No ponemos cara a las personas, a sus hijos, a sus maridos o esposas, a sus madres, a sus padres, personas honradas que abren el buzón atemorizadas por el pago que llegará o la citación judicial comunicando el desahucio de forma inminente.


Personas que no saben qué decir a sus hijos ante las demandas de éstos, o cómo afrontar el hecho de tener que repartirse en el hogar de familiares o amigos más o menos allegados para hacer al menos una comida diaria. Personas.


Hace tiempo que sabíamos que esta situación podía llegar. Lo predecían todos los indicadores con la misma certeza con la que informan de que un tifón se avecina. Pero no se tomó el tiempo necesario para preparar soluciones ante esta emergencia que todos los expertos y organismos internacionales anunciaban y que muchos no creían. Quizás era más fácil mirar hacia otro lado, pensar que eso que ocurría en otros lugares no podía pasar aquí. Pero la realidad, terca e implacable, nos ha puesto contra las cuerdas.


Estamos pendientes de la prima de riesgo y la bolsa, nos esforzamos en designar culpables, queremos saber, pedimos justicia. Pero, ¿qué hacer mientras  tanto para que las personas con rostro tengan un día a día más llevadero, o simplemente un día más por delante durante el que seguir luchando por sobrevivir? ¿Las castigamos nuevamente, las abandonamos a su suerte? ¿Qué podemos hacer quienes nos dedicamos vocacionalmente a la cosa pública?


Tal vez comenzar por poner rostro a la tragedia, que por el hecho de ser ingente no deja de existir y tener cara. Tal vez puedan concretarse las necesidades a corto, medio y largo plazo, acordar qué instituciones van a atenderlas, con qué personal y dónde, y con qué recursos económicos cuentan, identificándolos con partidas finalistas: Estado, Comunidades Autónomas y Administraciones locales están obligados a entenderse sin excusas.


Y, desde luego, pedagogía y compromiso social, pues sobre todos recae la máxima e imperativa oblig

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