La Voz de Almeria

Opinión

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La primera vez que vi aquel ojo vacío, no recuerdo si sentí compasión o  curiosidad: ¿lo habría perdido en un lance entre machos celosos? En una de aquellas noches que los gatos gemían como niños cuando les falta el pecho, noches de zarpazos asesinos y llenos de furor por las calles de mi barrio. Quizás sólo la enfermedad, lo hizo tuerto y no una gesta heroica para proporcionarse algo de placer. Si es difícil entender a un gato por lo que tiene, mucho más lo es por aquello que le falta. Al no ser que tuviera un ojo de cada color, el otro debería de ser también azul y como el gato es negro azabache, su mirada fría tiene algo que trastorna, es como encontrar un ojo solitario en mitad de una noche oscura. Levanta su cabeza y la deja erguida durante unos segundos, con un gesto solemne y sabio, entonces notas que el gato está pensando: si yo sería capaz de perder un ojo por un poco de amor o soy de los cobardes, que si algo les falta es por una miserable enfermedad. Al alejarme vuelve a recostarse sobre una gran piedra en la que da el sol de plano, quiere hacerme creer que no ha pasado nada entre nosotros. Otras veces lo encuentro hurgando entre las basuras, pasa las mañanas vagabundeando por los solares y los riscos de las laderas de la Alcazaba, con su pelo brillante y  erizado, es presumido, quiere que todos sepan que anda alerta y nadie lo va a sorprender. Hace unos tres meses merodeaba entre los contenedores de la basura, yo entré a mi casa, en la cocina sobre un plato aún quedaba un par de boquerones fritos del mediodía, los cogí, fui hasta la ventana y los arrojé para que se los comiera, pero se quedaron justo en la mitad de calle. Cuando aún se relamía del primero, una bicicleta que bajaba la cuesta como una bala casi lo atropella, el gato dio un respingo en el último suspiro, la ciclista hizo un quiebro y yo grité ¡cuidado! , pero ella se estampó contra la luna delantera de un coche. Bajé la escalera como pude, la mujer maldecía, pero le expliqué que la culpa era de los boquerones, invité a la ciclista a subir a mi casa y curarle un rasguño que tenía en la rodilla. El gato tuerto debió colarse sin que nos diéramos cuenta, desde entonces cuando ella sale por las noches a pasear con la misma bicicleta que casi lo mata,  el felino acompaña a María hasta el portal, olisquea el aire buscando la exhalación amorosa de alguna gata y si no tiene suerte, regresa al sofá. Presta atención a las noticias y juraría que sigue muy de cerca el caso del Sr. Bárcenas.


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