Solo pintor
Solo pintor
Mi adolescencia; la locura/ por una caja de pintura,/ un lienzo en blanco, un caballete.”
Sirva este introito usurpado a Rafael Alberti como excusa para presentar a un recién estrenado pintor de Puerto Lumbreras. Javier Parra, que así se llama, vino por la emoción de la pintura; lo conocí relativamente hace poco tiempo, cuando -apenas un niño- finalizaba sus estudios de bachillerato con la firme convicción de hacerse pintor -sólo pintor y ninguna otra cosa- para el resto de sus días. Como él, yo mismo tuve una conmoción parecida -y acaso la conservo- desde mi niñez y adolescencia- que me empujaba hacia adelante; la determinación inquebrantable de surcar ese laberinto maravilloso -el maestro López dixit- que es la pintura. Cuando le conocí, de alguna forma, volví a sentir aquel latido que yo creía extinguido para las nuevas generaciones; certifiqué que, en cierta forma y pese a los profetas más agoreros, todavía queda pintura para rato.
Y esta fe indestructible, esta vocación de eternidades que alumbra pintores para el asombro de los pueblos, es lo que capté de inmediato al mirar su semblante emocionado y el apoyo incondicional de sus padres que le acompañaban – y acompañan- con la esperanza de un futuro prometedor. Nuevamente me vi retratado; recordé aquellas primeras exposiciones de adolescente y joven en las que mi madre ejercía sobre mi su tutela protectora.
Desde entonces, Javier ha estado en varios frentes pictóricos, desde un taller con Antonio López hasta el inicio de sus estudios de Bellas Artes. Su ilusión es tal que le permitirá mover montañas. Dotado de una fina sensibilidad para elegir sus imágenes y una gran ambición en el desarrollo de la pintura pura, apunta logros de calado importante que, a buen seguro, llegarán bien pronto. Ha escogido, acaso, el más difícil de los caminos -pero también el más seguro- para desarrollar un arte milenario que no permite los atajos ni el menor fraude. Mira a los antiguos maestros con la devoción impropia de un joven de hoy y nos devuelve la ilusión por el futuro de la pintura auténtica. Pese a la inocencia de su esplendorosa juventud, se apuntan en sus cuadros los embriones de algo valiente y profundísimo.
Y como coda a estos brevísimos apuntes, ofrezcámosle una vez más los claros y diáfanos versos, emocionadísimos y clarificadores también, que Alberti dedicó a Velázquez: “En tu mano un cincel/ pincel se hubiera vuelto./ Pincel, solo pincel,/ pájaro suelto.”