La Voz de Almeria

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Ahora que empieza a disiparse la resaca valentinesca, tras la intensidad de una festividad tan ajena como importada,  por mucho que se insista en que la Fiesta de San Valentin coincide con el periodo en el que eligen compañera los pájaros, uno se deja llevar por el valor de los sentimientos y estima que menguado amor debe ser el de quienes necesitan aumentarlo en un día preciso del año por la mera publicidad mercantil de unos grandes almacenes. Un interés comercial que, paradojicamente, se aviva en mitad de un mes flojo de ventas, que no despega ni con las rebajas. De esta guisa se convierte en gregaria y uniforme la exaltación de algo tan peculiar e intimo como es el amor de cada cual, a la par que se olvida que toda pareja de enamorados tiene sus propias fechas conmemorativas, más evocadoras y prometedoras que esa otra fiesta del 14 de febrero, genérica y colectiva.


No hay una fiesta de los enamorados, sino unas fiestas de quienes quieren celebrar el amor. Esa pretensión dibuja un variado y curioso mapa de celebraciones y festividades. Hay motivos curiosos en estos festejos que ofrecen un atractivo especial. La geografía europea e hispana se adereza con usos y costumbres que discurren por sendas antropológicas y etnográficas. En Valencia, por ejemplo, los enamorados festejan su sentimiento en octubre, concretamente el día 9 , fecha que evoca la entrada de Jaíme I en la ciudad del Turia. Cada enamorado ofrece a su amada un gran pañuelo estampado, con dos dulces especiales, el “tronador” y la “piuleta”, así como algunas aparentes frutas y hortalizas. Las damas se quedan con los pañolones de colores para conformar una apreciadisima colección que es como la prueba de una continuada lealtad amorosa.


Hay otros muchos ejemplos de peculiares celebraciones de la fiesta del amor, pero acaso ninguna tan curiosa como la que atesora en su mote una hermosa mujer de mediana edad, hija de un anticuario de la Calle Real, de cuya historia me ilustró un traiñero de Pescadería. Doña Aurora vivía junto a su asistenta  en una acomodada casa del Paseo de San Luis. Todos los días, al alba, se la veía con la mirada perdida tras los cristales traslucidos de los ventanales de su vivienda. Según mi informante, la mujer había adquirido esa costumbre de asomar al balcón porque en cierta ocasión viajó con su padre a Sicilia, en donde vivió un 14 de febrero. Desde su habitación del hotel pudo comprobar como en tal día, una media hora antes de salir el sol, las doncellas salían al balcón en prueba de casamiento. Avizoraban la calle y si en ese transcurso pasaba un hombre, la boda con el caballero andante sería indiscutible. Pero si no cruzaba nadie, la joven podía dedicarse a comprar tela para vestir santos. Al poco tiempo del regreso de Italia doña Aurora adquirió la amorosa tradición siciliana Desde entonces se la conoce como La Siciliana.


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