La Voz de Almeria

Opinión

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En “El corazón de las tinieblas”, la novela de Joseph Conrad en la que Francis Ford Coppola basó su “Apocalipsis Now”, se dice de los marineros que su principal virtud ha de ser una saludable incertidumbre. Y ahora que andamos todos atravesando el cabo de las tormentas de la desmoralización y el hartazgo, conviene no perder de vista la certidumbre que proporcionan luces que, sobre la costa, señalan la presencia de un faro en mitad de la noche. Lo malo es que cada vez quedan menos luces, quizás porque el farero está en un ERE (como los que hacía campechanamente la Junta sin que mediaran sofocos febriles, indignaciones colectivas y concentraciones espontáneas) o porque alguien le ha pasado un sobre al de las luces para que apague el foco. El caso es que incluso el fútbol, remedio y recurso universal ante la postración y el desánimo, también parece salpicado por el oleaje hediondo de la sospecha: la Oficina Europea de Policía, Europol, acaba de destapar una red de amaño de partidos de ligas nacionales, Liga de Campeones e incluso Mundiales. Hasta 380 encuentros en los últimos años habrían terminado de un modo interesado gracias al concurso delictivo de 425 árbitros, jugadores e intermediarios de 15 países. Curiosamente España no aparece entre las naciones en las que habría actuado esta trama, lo que parece confirmar que los investigadores no han querido mirar bajo las alfombras futbolísticas nacionales. ¿Qué hacemos ahora? ¿Dejamos de acudir a los estadios? ¿Apagamos la tele? ¿Devolvemos los carnets de socio? Sé que económicamente hablando y en comparación con otras tramas, la red descubierta no es de las que más descontrol y desparrame financiero ha causado. Eso sí, estas noticias hacen imposible que cada vez que asistamos a un estadio o miremos un partido por la tele, no nos asalte la saludable incertidumbre de no saber si el gol que tanto aplaudimos o tanto nos incomoda es fruto del acierto o parte de un guión necesario y oculto. Al final, sobre la grada o ante la televisión acabaremos musitando, como el coronel Kurtz interpretado por Marlon Brando en su guarida vietnamita: “el horror, el horror”.


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