La Voz de Almeria

Opinión

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Que una bañista permanezca más de quince minutos encerrada en uno de los aseos portátiles que el Ayuntamiento ha instalado en la playa no debería ser noticia, salvo que ésta apareciese en el "Urological Digest", en el "Mefurreo News", o en cualquier otra publicación centrada editorialmente en la apasionante intimidad de los excusados.


Sin embargo, la noticia figura en la prensa local dentro de la sección de sucesos, debido a que el motivo de tan prolongada permanencia en el cuartito no estaba en algún atranque propio de la descontrolada dieta veraniega o en la armoniosa distribución de los sanitarios, sino en que algún mameluco había robado el pomo de la puerta de la casetilla y ésta, al cerrarse, se convirtió en celda temporal para la usuaria. Imaginen el panorama. Uno entiende la sustracción, y más en los tiempos que corren, como un medio efectivo (aunque éticamente condenable) de  solventar carencias económicas y nutricionales. Sin embargo, por más que uno se ponga a empatizar con el hurto, no acaba de ver por ningún lado la utilidad que podría extraerse del robo de la manivela de una caseta de baño. Es decir, que se roba por robar o, como en el chiste del gallego, por joder. No le demos más vueltas. En Almería se rompe, se estropea, o se dañan los objetos y equipamientos de uso común por el sencillo y averiado gusto de hacer el mal por el mal. Y es que alguien que es capaz de birlar el abridor de un retrete no parece un sujeto recuperable por vía educativa. Si acaso, una pasada por el viejo correctivo de limpieza de letrinas podría ayudarle a encontrar su lugar natural en este mundo. Y quizás, ni eso.


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