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Opinión

Hambre de abrazos y alegría

Hambre de abrazos y alegría

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La humanidad está hambrienta de abrazos y alegría. En las angustias límites del vivir y sus ramajes de sufrimientos, los seres mantenemos una orfandad inconsolable en lo secreto de nuestras almas; un drama que nos arrastra a la deriva. Hay en nosotros un grito de amor, que alcanza proporciones cósmicas, y que podría acallarse con el avance de una mano pródiga. Siendo muy joven, el poeta alemán Schiller se sintió herido por uno de estos hundimientos, que quiebran lo más sutil de los adentros. En ese estado de confusión y de dolor, se vio reconfortado con el calor de unos amigos. Cuando, al fin, pudo levantar su ánimo y se sintió soleado en su interior y de regreso a la cima de la vida, escribió su portentosa “Oda a la Alegría”, que vendría a añadir a los principios de la revolución francesa –igualdad, libertad y fraternidad- el fuego ennoblecedor de todos esos derechos, sin el cual la hermandad no acabaría de fundirse en la gran fiesta de la unidad: la Alegría era la llamarada esencial para la armonía de todas las criaturas. “¡Alegría, hermosa chispa de los dioses, hija del Elíseo!/ Ebrios de amor penetramos, diosa celeste, en tu santuario!/ Tu hechizo vuelve a unir/ lo que el mundo había separado,/ todos los hombres vuelven a ser hermanos/ allí donde se posa tu ala suave./ ¡Abrazaos, criaturas innumerables!/ ¡Que ese beso alcance al mundo entero!”. Fraternidad y hermandad, para cambiar el mundo, pero desde la lumbre del júbilo absoluto. Una alegría que fecunde la tierra y a las criaturas que la habitan. Tal resurrección del poeta alemán y tan potente exaltación del humanismo ocurre en 1785, cuando tiene 26 años, y ha vislumbrado donde empieza la verdadera felicidad, una ebriedad de energía sobrehumana que hemos de entregar desde el amor, para gozar en plenitud, y convertir la tierra en el paraíso de sus moradores. Tales emociones bebían de los principios de la masonería, que acogió al poema como suyo. La Oda de Schiller fascinó en vida a Beethoven, quien ya con 22 años quiso entregarse a componer una obra descomunal, legado de su espíritu, ruptura radical –también en la concepción de su música-, inmensa ebriedad dionisíaca (en el último movimiento) tras haber pasado por la gran explosión inicial y la búsqueda agónica de la luz entre las sombras. Fue un desvelo apasionado, que se prolongó a lo largo de su vida, hasta que ya, aquejado de la pérdida del oído, pudo estrenar la Novena Sinfonía, con el gran triunfo final de la alegría abarcando al mundo y sus criaturas, en día memorable para Viena, siendo 1824. La luz del corazón había hermanado a los seres. Un gran largo camino nos queda aún para que se cumpla esta escalofriante exaltación de la alegría.

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