Viejos carrozas galopaban hasta el mar de Vera con Paco Ibáñez
Con las canas peinando nuestras cabezas, con las goteras que van dejando los años en nuestros cuerpos, pero con la ilusión de aquellos setenta en el recuerdo algunos viejos carrozas decidimos viajar a Vera y galopar durante un par de horas con Paco Ibáñez. Y galopamos con sus canciones y las palabras de los poetas de siempre, y nos encontramos con un Paco cerrado en aquellas décadas de lucha, un Paco que no quiere o que no ha querido evolucionar desde aquel sesenta y nueve en París. Escuchando sus palabras entre las canciones, cincuenta años después, vemos que a sus ochenta y cuatro años sigue aún en el Olympia, con su camisa negra, su guitarra y sus luchas eternas. Cincuenta años después Paco sigue teniendo los mismos amigos y los sempiternos enemigos. Diría que no ha perdido la ilusión, que se nos quedó prendido en aquellas luchas y que se mantiene en las barricadas, que no le ha gustado el siglo veintiuno y ha preferido quedarse en el veinte, donde las luchas tenían un componente más ideológico. Nos intentó blanquear aptitudes catalanas y vascas difíciles de entender hoy en día, pero qué importaba, era el Paco Ibáñez de los setenta que llenaba teatros, que nos hacía soñar con galopar hasta enterrarlos en el mar, que nos hacía rodar como viejos guijarros y vibrar con sus hermosas palabras de esperanza para Julia. Durante un par de horas nos quitaste cincuenta años de encima, nos hiciste cantar contigo y con los viejos poetas de ayer que levantaron sus voces y sus palabras buscando libertad. Durante ese par de horas ni necesitamos el paracetamol para ser felices, y es que hasta los huesos parecían haber recobrado su fuerza. Sobre el escenario del auditorio de Vera un mito de la lucha por la libertad en los años setenta se estaba despidiendo de los que con él levantaron los sueños y la ilusión de una libertad plena. Cincuenta años vestido de negro y con una guitarra entre los brazos, cincuenta años de trovador por las ciudades y pueblos de una España con una palabra, siempre la misma, repetida cien, mil veces y que no debemos cansar de repetir: libertad. A Paco Ibáñez no le pedíamos que cantara, sólo que nos susurrara, que nos llevara con su dulce voz por los caminos de la libertad de los grandes poetas de España.