Trata de arrancarlo, Carlos
En el transcurso de un solemne acto académico celebrado en la UAL, el ex presidente del Gobierno, Felipe González, pidió a los dirigentes políticos de la Generalitat de Cataluña que no fracturasen la convivencia social. Y esa apelación, tan irreprochable como suscribible, viene ser como cuando Luis Moya gritaba al piloto Carlos Sáinz que tratase de arrancar el coche gripado a pocos metros de la línea de meta. Y es que, como decía Ortega –al que volveremos al final de la columna- el esfuerzo inútil sólo conduce a la melancolía. La convivencia en Cataluña no puede estar en estos momentos más fracturada, ni su recuperación puede tener peor pronóstico. El nivel de desencuentro y animadversión es el mayor que se haya dado jamás en España desde la Guerra Civil, con la diferencia –a favor del optimismo- de que entonces la mayoría de la gente no tenía una calidad de vida que defender y en esa situación es mucho más fácil liarse la manta a la cabeza y el Máuser al hombro, que fue lo que acabó pasando. Y ese nivel de alejamiento y pelotera entre amigos y familias es responsabilidad indiscutible de toda la colla de lunáticos que han acabado haciéndose con el poder en Cataluña y también del entramado escolar e informativo que han ensamblado durante décadas y que se ha encargado de inocular a buena parte de la sociedad catalana un mensaje de rechazo y desprecio sobre el resto de España. Habría estado bien que Felipe González hubiera aprovechado para hacer autocrítica y reconocer la responsabilidad que también han tenido en este desafortunado proceso todos los presidentes de Gobierno de España (incluido él mismo) que han consentido sin límites a los diferentes gobiernos catalanes. Pero era más cómodo mirar a otro lado y disfrutar de los apoyos parlamentarios que eran necesarios. Y esto me temo que no tiene solución. Como decía Ortega, a lo más que podemos aspirar es a conllevarnos con Cataluña. Y ahora parece que ni tan siquiera eso.