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Opinión

La dignidad del artista

La dignidad del artista

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En 1603 el Greco contrató el retablo principal y ornatos para la iglesia del Hospital de la Caridad de Illescas, en Toledo. Incluía la arquitectura, las esculturas y los cuadros. El conjunto, que debió ser deslumbrante, no ha llegado tal cual a nosotros y en parte está disperso; algunas pinturas siguen conservándose en el templo, pero cambiadas de lugar. Fue, probablemente, el trabajo que más quebraderos de cabeza y humillaciones deparó a su artífice; un episodio motivado por la negativa de los comitentes a pagar el precio pactado, lo que derivó en un largo pleito que acabó cuatro años más tarde con el acatamiento del pintor –por extenuación y hartazgo- de las nuevas condiciones impuestas y su dignidad pisoteada y ninguneada. Las razones aducidas por los responsables del Hospital –excusas para no pagar un precio justo- eran las frecuentes en los numerosos pleitos que el Greco tuvo en su vida; todas de carácter iconográfico, de supuestas faltas de decoro o de excesivas libertades. Curiosamente, siempre quedaban las obras colgadas, sin el menor problema ni retoque alguno, una vez que se le pagaban al artista las cantidades miserables estipuladas por la iglesia. El episodio de Illescas, quizás el más famoso en toda la historia del arte español en cuanto al desprecio y canallesca sufrida por un autor, es un ejemplo arquetípico de una inercia habitual, que todavía perdura inalterada, de maltrato a los artistas en España. Un desprecio que viene asociado a la envidia y recelos que despierta toda actividad intelectual de altura y todo talento manifestado libremente: es el mal nacional. Hay una tendencia generalizada, cuando se compra un cuadro, de intentar pagar mucho menos dinero del que su autor pide al principio; quien adquiere la obra necesita culminar la operación con la certeza de haber pillado una ganga. En el fondo no es otra cosa que la necesidad de humillar al artista, a quien se le presupone una mayor importancia y capacidad que las propias: solo el aspecto económico permite colocarse al comprador por encima del creador. Ejemplos no faltan y se dan a diario. Se sigue usando, además, la palabra “artista” con unas connotaciones peyorativas y con las mismas intenciones, conscientes e inconscientes, de situarse a una mayor altura que la suya. Con frecuencia se habla mucho de los artistas, se les usa y venera en apariencia, se les coloca como ejemplos o referentes; pero en el fondo late un desprecio atávico –nacido del miedo a lo que no se comprende, de la brutalidad y la insensible catetura que no sabe ver- que criminaliza el talento. Y en ese círculo vicioso andan inmersos todos, ciudadanos normales y gentes del gremio, galeristas, marchantes, comisarios y conservadores de museos.

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