Gracia Villegas Maldonado
Madre, médico, mujer
Luis Castillo Villegas Una terrible y rápida enfermedad nos arrebató inesperadamente el pasado jueves a la doctora Doña Gracia Villegas, una mujer respetada y querida por sus muchos amigos, compañeros y pacientes. Su fe inquebrantable le hizo ver su enfermedad como una bendición de Dios que le había permitido constatar el inmenso amor que sentían por ella su marido, sus hijos y sus numerosos amigos. Le emocionaban las constantes muestras de afecto que sintió desde el primer día de su convalecencia. En esos momentos de dura lucha contra una dolencia implacable, estuvo siempre agradecida y desbordada por el inconmensurable amor y cariño que recibió. Mujer luchadora, siempre educada, elegante y correcta, puso su vida al servicio de los demás mediante el ejercicio de la medicina como hematólogo en el hospital de Torrecárdenas. Con una determinación y fuerza extraordinarias, luchó siempre por la defensa de su familia, sus amigos, compañeros, y pacientes. Pionera siempre Fue una pionera siempre: de las primeras mujeres que estudió medicina en unos momentos en los que esta profesión estaba abrumadoramente dominada por los hombres, también tuvo la oportunidad de entrar en el entonces incipiente sistema de formalización especializada médica, que hoy se conoce como MIR. Gracias a su gran valía humana e intelectual logró encontrar su espacio profesional a pesar de los obstáculos que tuvo que vencer por su condición de mujer. Ya en los años ochenta tuvo que afrontar el inmenso reto que supuso la irrupción del SIDA/VIH en el mundo. Su enorme entereza y serenidad le ayudaron en unos momentos de caos en que los que se enfrentó a innumerables casos desafortunados de pacientes afectados por esta grave enfermedad, que nos demuestra como a veces la naturaleza es capaz de desbordar por entero a la profesión médica. Durante todos sus años de ejercicio profesional fue la dedicada mentora de generaciones de profesionales de la sanidad, a los que exigió siempre la misma entrega y dedicación que ella tenía por su trabajo. Estudiosa incansable de la hematología, que fue junto con su familia su auténtica pasión, fue testigo privilegiada del avance de esta especialidad médica. Durante sus años de ejercicio profesional tuvo la fortuna de experimentar como enfermedades que eran incurables pasaron a tener un tratamiento sumamente efectivo. Son muchos son los pacientes agradecidos que han superado su mal gracias a los avances científicos que ella contribuyó a implantar en nuestra provincia. Siempre atenta a su marido, junto al que recorrió el camino de la vida desde que se conocieron a los diecisiete años, como madre de sus cuatro hijos fue ejemplar: educadora, consejera, amiga, siempre con una palabra justa en el momento preciso. En los buenos momentos sabía tener los pies en la tierra y enseñar la necesidad de la modestia. En los malos, era el consuelo y paño de lágrimas al que recurrir. Fue viva demostración de que es posible educar en la disciplina y el cariño al mismo tiempo. Siempre dando amor sin pedir jamás nada a cambio, nunca jamás decepcionó a los suyos. Su entrega fue total y plena ya fuera como hija, hermana, mujer, madre o abuela. Su papel como abuela Tras una abrupta y prematura jubilación que fue muy dolorosa para ella, en estos últimos años disfrutó enormemente de su nuevo papel de abuela. Pero sobre todo, siguió ayudando a los demás a través de las diferentes labores que realizó en la parroquia de la Preciosísima Sangre de Aguadulce. Allí pudo desarrollar plenamente las inquietudes espirituales que siempre albergó en el interior de su corazón, y además materializarlas en el servicio a los otros gracias a su labor como voluntaria de Cáritas. Siempre abnegada y disciplinada, plena de amor desinteresado, se puso a disposición de su párroco, que la recibió con los brazos abiertos y supo aprovechar su energía y dedicación. Su triste pérdida irreparable deja un vacío inmenso entre nosotros que permanecerá para siempre. A pesar de ello, su huella imborrable pervive en su familia, su marido, sus hijos, sus nietos, y todos aquellos que la querían, la amaban y respetaban. La echaremos mucho de menos.