Ser Shakira

La gente ha empatizado con la colombiana porque ha abierto en canal su culebrón familiar

Alberto Gutiérrez
09:00 • 21 ene. 2023

Cuando una pareja se divorcia, enseguida bullen las tertulias en oficinas, mercados y peluquerías, donde yo, por cierto, ojeé de pequeño por vez primera la revista Interviú, cuando los hermanos Sorroche nos pelaban al rape en la Avenida de la Estación. Recuerdo el desnudo cósmico de Marta Sánchez, que fue un tsunami para nuestra adolescencia. Aquella era una España ligera, donde no había escándalos globales como el de Piqué y Shakira, de quienes hablamos tanto estos días, asombrados por el despecho de la cantante a través de las letras de sus canciones. 


A mí me cayó bien Shakira cuando la vi en una universidad estadounidense hablando con criterio de filantropía. Años después, entre waka y waka, cayó rendida a los pies de Piqué, al que vimos también escupiendo por la espalda a un directivo de la Federación Española de Fútbol cuando lo de Iniesta de mi vida. Fueron dos fogonazos diferentes, pero precisos: una hablaba con fundamento sobre el bien y el otro excretaba babas como un idiota. Al calor de las vuvucelas africanas se conocieron, enamoraron y comieron perdices.

 



Shakira aterrizó después en España y no se ha sabido mucho de ella hasta hoy: por la canción y también por la guerra contra su suegra, que está cobrándose episodios muy jugosos desde la terraza de casa. La cantante ha colocado el muñeco de una bruja mirando hacia el balcón de aquella y su polémico single a todo trapo. Se avecina reyerta. Y la gente, claro, ha empatizado con la colombiana, porque, cual Belén Esteban, ha abierto en canal su culebrón familiar, que además viene amenizado con un estribillo (claramente) pegadizo. El cortijo ‘Ambiciones’ se nos va a quedar pequeño. A mí no me cuadra mucho el airado despecho, pero qué quieren que les diga, es un buen entretenimiento para estos tiempos tan convulsos.  






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