Vamos a hablar de rosas

Lo que más importa en poesía, como en cualquier género, es llegar a tener una voz personal

José Luis Masegosa
09:00 • 26 sept. 2022

“Escribo por necesidad, cuando sufro o gozo con un tema sintiendo urgente necesidad de expresarlo, nunca por vano artificio literario. La mayoría de mis libros tienen unidad temática y mis temas preferentes son humanismo y naturaleza. Estoy entre los poetas que soñaron cambiar el mundo con la poesía; al menos aspiro a dejar un rayo de espiritualidad sobre el materialismo existente. Siempre pensé y sentí que la poesía era algo así como el recibo de un guiño de Dios entre la niebla.



Creo que lo que más importa en poesía, como en cualquier género, es llegar a tener una voz personal, mejor o peor pero propia, poder establecer ante el lector una válida oferta de sugerencias, y, si es posible, imprimir un pellizco de sorpresividad. El lenguaje es decisivo, el valor de las imágenes y el ritmo interior del poema. Quizá la poesía sólo sea una traducción de los asombros a través de la sensibilidad del poeta, del asombro inacabable de ir descubriendo la vida, los seres y las cosas, desde la niñez”. Así reflexionaba Julio Alfredo Egea sobre su prolífica actividad literaria, su concepción de la poesía y su ingente obra, tan enriquecedora como polifacética. 



El pasado viernes se ha cumplido el cuarto aniversario del fallecimiento de este ilustre velezano, una fecha que, salvo para sus familiares y personas más allegadas,  ha volado como las hojas secas del paseo donde se ubica la biblioteca a la que da nombre. Cuatro años sin la entrañable compañía  de un hombre bueno que desde este mes cuenta con un flamante Centro cultural que lleva su nombre en Chirivel, el pueblo que le vio nacer, hace ahora 96 años, y cuya esencia ha impregnado gran parte del legado literario del autor de “La Rambla”.



La apertura de este centro representa un eslabón imprescindible para que la cadena de la trayectoria humana y literaria no se corte, pues ya sabemos que la memoria humana es muy efímera. En este espacio uno puede viajar por la biografía de Julio, descubrir y/o confirmar sus aficiones mediante sus composiciones y sus libros, conocer enseres y objetos personales  a los que alude en algunos de sus textos, como su traje de primera comunión, su primera cámara de fotografías, su máquina de escribir, sus galardones y premios, así como diverso material gráfico y audiovisual, un equipaje íntimo que nos enseña los paisajes y amigos que el poeta velezano amó durante su intensa vida, de la que nunca hubiera querido apearse. 



En este cuarto aniversario –no ha habido uno solo sin  su recuerdo- del fallecimiento de este entrañable personaje no puedo sino rememorar algunos de esos paisajes del alma, escenarios personales a los que aludí en el trabajo titulado “Tríptico de paraísos”, publicado en el libro “Poeta Julio Alfredo Egea” por el Instituto de Estudios Almerienses, con fotografías de Rodrigo Valero: “…Madrid, tan cerca y tan lejos en las palabras que hablan de aventuras juveniles, de cuando la soltería.



A mitad de la Gran Vía, junto a la Plaza de Callao, el joven paisano  se debate ante la disyuntiva de meter las narices en donde no le llaman o abandonar tan sugestiva empresa de trabajar para una agencia de detectives privados. Había llegado hasta allí de la mano de un antiguo compañero de estudios, que era de Vera y que sobrevivía con idéntico menú en las tres comidas diarias: café con leche y churros.”. La Rambla: “La vida como una rambla, como aquella rambla de mi niñez; a veces desolación de sequías, a veces el gozo de la lluvia”. La Rambla tiene un niño, un monarca que recreó sus primeros sueños entre las márgenes de los saúcos y los álamos, esos mismos árboles que nos deleitan con el giro bicolor de sus hojas al capricho de la brisa de poniente que, como otrora, albergaron la solitaria y genuina infancia del fallido detective, del vividor de la pluma.



No hay palabras de consuelo cuando nuestro Niño lamenta el abandono de la vega  que siempre abrazó la Rambla”…Y la Sabina:” Conoció la Sabina muy de niño cuando acompañaba en las cacerías a su padre y descubrió que tan majestuoso árbol había cumplido miles de años.  Los recuerdos perviven imborrables cuando apareció el hermano Rufino en busca de endemismos y nuestro protagonista le acompañó a ver un árbol solitario. “Dormíamos bajo el inmenso paraguas de la Sabina, adonde nos trasladábamos en caballerías...íbamos a la caza de las torcazas. La Sabina me llamó siempre la atención porque cada vez que iba presentaba una forma diferente porque como nevaba mucho siempre que eso ocurría la copa se helaba, así que en los años de nieves el árbol era plano por encima, Cuando dormíamos debajo veíamos a las palomas andar sobre nuestras cabezas..”.



Cuatro años como cuatro paréntesis me han traído hoy al detective arrepentido, al Niño de la Rambla, al Hijo de la Sabina, al acuarelista de las palabras, quien –no me cansaré de insistir- mereció y merece mayor reconocimiento oficial del que tuvo, que por algo nos citó a todos en uno de sus poemas para hablar de rosas: ”Todos estáis citados en mi casa/en el número 4 de esta calle./Vamos a hablar de rosas y de sangre./Os pediré a la entrada/pasaporte de aroma y latido./Traeros el corazón, es necesario./Nos sentaremos junto a la ventana:/ Una calle de tierra estremecida/y los hombres que pasan”.


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